Monterde, Otoño 1910 (I Capítulo)

La presente historia es totalmente ficticia y se centra en el otoño de 1910 en el pueblo de Monterde de Albarracín durante la época de la siembra del cereal. Son las vicisitudes de un personaje llamado Anselmo por sacar adelante a su familia.   

 

MONTERDE, OTOÑO 1910

Pedro Saz Pérez(1)    

Era todavía noche cerrada cuando Anselmo se levantó con todo el cuidado del mundo para no despertar a sus hijos que dormían en las habitaciones contiguas. Su mujer Asunción hizo lo propio. Al momento se encontraron los dos realizando las primeras tareas de ese día, Anselmo recogiendo los aperos del carro y colocando los aparejos de las caballerías y Asunción cocinando los gazpachos medio preparados la noche anterior.    

Una vez finalizado el almuerzo, Anselmo entró en la paridera y, tomando las riendas de las acémilas, salió del corral raudo a comenzar las labores propias de la estación que era la siembra. Tenía que darse prisa con finalizar los campos que le quedaban por sembrar, pues se cumpliría en una semana el “aparceo” con la mula que le había prestado su primo Mariano y se la tendría que devolver junto con la suya propia, para que a su vez éste acabara de laborar sus tierras. No qué sería de nuestras haciendas si no nos ayudamos con los animales para poderlas trabajar -pen­só- y menos mal que he podido aparcear con mi primo. A pesar de ser todavía temprano, ya había comenzado el trasiego diario en el pueblo y los vecinos se apresta­ban a sus trabajos. Las mujeres en casa, preparando los almuerzos o aviando a los animales, y los hombres recogiendo los aparejos de labranza.    

Anselmo enfiló subido al carro el camino que tenía que llevarle a un paraje del pueblo conocido como “Hoya Quemada”, donde tenía las tierras para sembrar. Los rayos de luz eran todavía débiles y temblorosos, pero ya comenzaban a dibujar en la amplia hoya, donde se asienta el pueblo de Monterde de Albarracín, los contor­nos sinuosos de la montaña de la ermita de San Cristóbal. Todavía algo adormeci­do se desperezó en el asiento del carro, dejando traslucir a través de un prolonga­do bostezo el cansancio acumulado por el trabajo de los últimos días que, siete ho­ras escasas de descanso en el catre, no había podido hacer olvidar del todo.   

Acto seguido, mientras sujetaba las riendas de la caballería -azuzando al mismo tiempo al animal- extrajo del bolsillo de su chaqueta de pana una petaca con ta­baco negro y papel de fumar. Se dispuso pues a liarse un cigarrillo efectuando esta labor con una actitud tan sumamente mecánica como es posible ver realizar a aque­lla persona que ejecuta dicha función varias veces al día durante muchos años. En pocos segundos, con destreza, tuvo liado el cigarrillo llevándoselo acto seguido a la boca. Luego sacó del bolsillo de su chaleco un encendedor sujetándolo con una mano mientras friccionaba con la otra la rueda del mismo hasta conseguir que sal­tara la chispa, aproximó el cigarrillo a la mecha prendida e inhaló profundamente todo el humo que pudo.    

El silencio de la noche era ya historia. Con las primeras luces del alba, se perci­bía la sensación de que el mundo había cambiado por completo de repente. Los numerosos gallos existentes en el pueblo reclamaban su derecho a hacerse notar al romper el día, con un canto continuo, sin apenas pausas, que recorría las viviendas en medio de un ritmo acompasado y monocorde. Al mismo tiempo, conforme iban quedando atrás las últimas casas del pueblo, el persistente cacareo de las aves de corral se confundía con el trinar de innumerables pájaros que, a su manera, feste­jaban también la aparición de las primeras luces. Toda esta algarabía resultaba en ocasiones verdaderamente ensordecedora y junto al intenso frío del amanecer du­rante el otoño, hacían de cada bocanada de ese primer pitillo un verdadero placer. Nuestro hombre retomó las riendas de la mula y siguiendo el camino de las eras ha­cia Albarracín, pasó junto al pairón de “Las Almas”, santiguándose e interiorizando una breve oración. Luego, apoyando el torso en el extremo del asiento, espoleó de nuevo a las acémilas y comenzó a pensar en aquellas cosas que últimamente le qui­taban el sueño llenándole de amargura.    

Anselmo contaba con casi 42 años de edad, era un hombre de complexión ro­busta y menuda, de facciones marcadas, ojos grandes y nariz ancha, con un bigo­te bastante poblado que le confería un aspecto algo rudo lo cual chocaba al oírlo hablar pues su voz tenía un sonido afable. Aunque se preciaba de ser muy amigo de sus amigos, era poco hablador y tenía como único vicio conocido un descon­trolado amor al tabaco, hábito que había adquirido desde que volvió al pueblo tras servir en el ejército durante las guerras de ultramar. Las circunstancias que había vi­vido durante los últimos años habían incidido en su manera de ser y había acre­centado su religiosidad aunque sin llegar a ser considerado como un beato al uso. La familia de Anselmo estaba compuesta por su mujer Asunción, tres años más jo­ven que él y cinco hijos vivos. Habían tenido dos vástagos más, pero murieron. Pre­cisamente en los próximos días se cumplirían los dos años del fallecimiento de su última hija. Dios me la dio, Dios me la quitó, Dios la tenga en su gloria -concluía siem­pre Anselmo cuando recordaba a su pequeña-o Todos los hijos que mueren son una losa difícil de levantar para sus padres y acaban marcándoles de una manera u otra pa­ra el resto de sus días -pensaba-.

Años atrás, en el pueblo de Monterde, murieron durante uno de los inviernos más crudos que se recuerdan doce niños de corta edad. Uno de ellos era el hijo de Anselmo y tenía, cuando falleció a consecuencia de una bronquitis, tan sólo 3 años. La muerte de su pequeño le dolió enormemente, pero las causas de la misma y el hecho de haber afectado a tantos críos en el pueblo en poco tiempo, no dejaron en Anselmo y Asunción otro sentimiento más que el de una enorme tristeza y do­lor a sabiendas que no se podía hacer nada contra la naturaleza.    

Pero con su hija pequeña muerta a la semana de nacer, la situación era diferen­te, ya que Anselmo se consideraba el único responsable yeso que Asunción, su mu­jer, nunca le hizo reproche alguno, entre otras cosas, porque no había nada que re­probar. Sin embargo, a partir de entonces su existencia ya no volvió a ser la misma. Emocionalmente estaba hundido y si no fue a más, fue porque en las fechas del fa­llecimiento no tenía tiempo ni para deprimirse. El trabajo era constante y además estaban el resto de sus hijos y su mujer. No podía, no debía venirse abajo. Pero aún con todo le costó Dios y ayuda volver a su cotidianidad. En cambio, Asunción re­cogió esta fatalidad de manera diferente. Mujer menuda, de facciones delicadas y algo reservada era por contra de carácter decidido y tenía además una visión más amplia de la vida que su marido. La muerte de su hija también le había llevado al desconsuelo, pero pasados unos días, se fue recuperando del drama vivido. Su hija había muerto, sí, pero seguía teniendo otros cinco hijos que necesitaban de sus cui­dados y atenciones. Su prole era su responsabilidad y hacia ellos redobló sus es­fuerzos colmándolos de atenciones siempre que podía, incluso quedándose sin co­mer en más de una ocasión para que a ellos no les faltara de nada.    

Sin embargo, Anselmo lo pasó realmente mal. Durante este duro trance dos amigos le ayudaron a sobrellevar su vía crucis particular. Por una parte, el secretario del ayuntamiento de Monterde: don Ramón Sánchez, que colmó de atenciones y remedios a los padres de la difunta. Algo mayor que Anselmo, su amistad venía de los tiempos en que estuvo hospedado en casa de sus padres al poco de arribar al pueblo para hacerse cargo de la secretaría municipal. Conocía como pocas perso­nas el carácter de Anselmo y en sus continuas visitas lo exoneraba del sentimiento de culpabilidad que tenía por la muerte de su hija. Este administrativo era hijo de un rico comerciante de Albarracín que lo mandó a estudiar a Valencia con la espe­ranza de que al finalizar sus estudios se hiciera cargo del negocio de maderas y su­bastas que regentaba. Sin embargo, ambos tenían un carácter excesivamente fuer­te que les hacía discutir demasiado a menudo. A Ramón no le acabó de convencer la idea de quedarse en Valencia, sobre todo, porque estaba enamorado de una pai­sana que no era del agrado del padre al ser ésta de una extracción social más baja. Por ello, una vez acabados sus estudios, decidió volver a la Sierra y pudo encontrar acomodo en Monterde esperando que los años templaran el carácter del padre y facilitara su pretendido enlace matrimonial. Sin embargo, al paso del tiempo todo había ido a peor. Su madre murió y su padre se arruinó por culpa de las tasaciones a la baja de la madera en la Sierra. Y, para colmo, su anhelada amada encontró aco­modo en otros brazos, dicho sea de paso y sin pitorreo, también de extracción so­cial baja. Todo ello agrió todavía más su carácter y, si bien no contaba con muchas simpatías en el pueblo, todos le temían ya que era el auténtico poder de la locali­dad. Era un hombre de elevada estatura y aspecto desgarbado con un vozarrón que intimidaba. Brusco en bastantes ocasiones, sabía mandar y a él acudían, a pesar de todo, los monterdinos a pedirle toda clase de favores. De su etapa en Valencia man­tenía un buen gusto por la literatura, aunque últimamente se había vuelto un de­vorador compulsivo de novelas baratas. Eso sí, igual te recitaba a los clásicos que a renglón seguido te susurraba los comentarios picantes de la última novela leída. So­bre todo, cuando las copas de alcarreño le hacían olvidar aquello que se empeñaba en recordar cuando estaba sereno. La familia de Anselmo era una de las pocas a las que realmente apreciaba en la localidad por ello, se decidió a intervenir cuando se dio cuenta de la deprimente situación que atravesaba su amigo. Y aunque no era muy sutil a la hora de hablar, cuando se sentía en posesión de la verdad exponía sus argumentos de una manera tan ruda que en ocasiones incluso llegaba a ate­morizar.    

-“Quítate de la cabeza esa letanía machacona de que la niña falleció por tu culpa”     

-le increpaba Ramón-. Luego, para hacer más expresiva su intervención, tragaba una bocanada de aire y alzando los enormes brazos moviéndolos como si se pele­ara con un fantasma continuaba -“¿Debilidad congénita puso en el acta el médico? ¿ Y eso sabes lo que significa? Pues quiere decir que tu mujer ya era mayor cuando se quedó embarazada o que en ese invierno hizo mucho frío y la cría no se pudo desarro­llar del todo ¿o no?” “Son cosas que pasan, Anselmo, y no se pueden cambiar”- Más sosegado continuaba.    

 “Tuve la ocurrencia de mirar el libro de defunciones y no eres el único que ha pa­sado por ese trance. Mira, aunque te parezca una barbaridad esa es la puñetera reali­dad de esta jodido tierra. ¿O no sabes que un buen número de los niños que mueren en el pueblo antes de cumplir un año el médico pone en el certificado de defunción que es por raquitismo o insuficiencia de desarrollo?” – Anselmo, cabizbajo, asentía sin osar levantar la voz y Ramón envalentonado seguía intentando convencerlo.    

– “¿Pero tú qué podías hacer con cinco hijos pequeños, dueño como eres de una pe­queña hacienda y con dos años de malas cosechas?” – para a renglón seguido rema­tar-“¡Nada!”     

“Además el resto de tus hijos se criaron como rosas ¿o no? Y no se te ocurra se­guir con las sandeces esas de que faltaba comida en tu casa y tú eres el responsable.     

Piensa en tu familia hombre, hazlo por ellos, tienes que mirar al futuro”-concluía casi siempre de la misma manera.    

Lo cierto es que en esta diatriba existía un fondo de razón. En todos los pueblos de la Sierra un número considerable de niños no alcanzaban los cinco años de edad. Muchos de ellos fallecían a los pocos días de nacer como consecuencia de las difíciles condiciones de vida que padecían la mayor parte de las familias. Todo ello era la consecuencia del terrible binomio compuesto por la pobreza y las tempera­turas extremas, del cual resultaban perjudicados los más débiles y un grupo espe­cialmente sensible era el compuesto por las embarazadas y los bebés recién naci­dos. Lógicamente aquellas familias que poseían más bienes escapaban de esta di­námica mortal pero Anselmo no tenía culpa de ser pobre. Sin embargo, él no pen­saba así y siempre creyó que debía de haber ido de jornalero durante el invierno a los molinos de aceite en Andalucía tal y como se lo propusieron años atrás. De es­ta manera habría ganado algo de dinero, pues en la estación invernal apenas había trabajo en el pueblo, y por eso eran muchísimos los que emigraban. O también po­día haber vendido algún piazo, o cualquier otra cosa que le hubiera proporcionado los recursos económicos necesarios para satisfacer a su familia durante aquella tem­porada en la que estaban tan necesitados, especialmente su esposa encinta. Y por todo ello siempre se consideró culpable, pues se sentía el único responsable de pro­porcionar el bienestar a su familia.  

Otra persona que le reconfortó enormemente fue el cura del pueblo mosén Ru­fino. Este cura era una persona vivaracha, de aspecto grueso, con la cara rechoncha y barbilampiña en la que destacaba unos ojos saltones y una tez sonrosada que le dejaba marcada las venillas de la cara. Era un buen conversador aunque siempre se preciaba de tener la razón en todo lo que se hablara ya fuera del cariz que fuera. En lo social estaba muy relacionado con las familias más ricas del pueblo a cuyas ca­sas acudía a comer con cierta frecuencia especialmente los domingos. Aunque en ese sentido era algo elitista también gozaba del concurso de los demás habitantes del pueblo pues, aunque eran pobres en su mayoría, sentían la religiosidad como nadie. A unos y a otros últimamente les estaba intentando convencer sobre la ne­cesidad de formar un sindicato agrícola donde se pudieran ver favorecidos todos los habitantes de Monterde con la compra de abonos y material agrícola. Esta era una fórmula asociativa que se estaba expandiendo por la sierra de Albarracín que, dicho sea de paso, era la pionera de la provincia de Teruel. Además, guardaba como oro en paño unas revistas de La Paz Social editadas en Zaragoza, donde se menciona­ba los grandes beneficios que tendrían sus feligreses si finalmente formalizaban el sindicato. Aún con todo, era una excelente persona y estaba lleno de buenas in­tenciones aunque, eso sí, de política mejor ni hablar. Mosén Rufino conociendo de primera mano la situación de la familia de Anselmo, acudió muchas noches a su ca­sa para reconfortarlos y ayudarles a pasar el doloroso trance. De toda esta situación emergió con el tiempo un Anselmo sensiblemente diferente, pues encontró en el rector de la Iglesia la ayuda necesaria y la paz espiritual que le permitió salir de la melancolía en que se estaba sumiendo día a día. Además, y como compensación a sus desvelos, el cura del pueblo pudo contar desde entonces con la inestimable ayu­da de Anselmo para la obra sindical que estaba proyectando.

Monterde de Albarracín

Si bien los dos hijos fallecidos de Anselmo había sido el origen de su retraimien­to, en estos momentos los problemas que se cernían sobre su familia estaban rela­cionados con los que vivían. El mayor de ellos está bien colocado, tiene 14 años y trabaja como pastor desde hace dos para un amo. Anselmo está bastante conten­to con su primogénito -“tiene hechuras el muchacho” -, suele decir a quien le pre­gunta por él.

Todavía recuerda cuando habló con Jesús Oquendo, uno de los ma­yores ganaderos del pueblo. Se trataba de un hombre cabal, sensato, buena per­sona aunque algo marimandona que buscaba un pastor joven al que ir enseñando el oficio pues juraba y perjuraba que ninguno de sus hijos seguiría sus pasos. A su hija le habían buscado un pretendiente en un pueblo cercano con un mocetón he­redero de una de las mayores fortunas de la Sierra. Su hijo mayor lo tenía estu­diando medicina en Valencia y el pequeño acudía todavía a la escuela municipal pe­ro ya estaba haciendo planes para cuando creciera. -“Cualquier cosa menos que se quedaran en el pueblo” – era uno de sus comentarios preferidos. Este ganadero rea­lizaba la trashumancia todos los años con su ganado a través de la Cañada real de las Tejedas en dirección a la localidad murciana de Torrevieja, dejando en su hacienda del pueblo suficiente faena para varios jornaleros. Así que conocedor de sus intenciones acudieron varios vecinos a hablar con el ganadero para que contrata­ran a sus retoños. Uno de los que acudió fue Anselmo con su hijo mayor Rodrigo, un zagal espabilado y muy movido que había recogido las virtudes de sus progeni­tores y que en su estancia en la escuela municipal había descollado por su actitud y desparpajo. Respondió con desenvoltura a todo lo que le preguntó su futuro amo y más cuando por su cuenta y riesgo -y ante la expresión atónita de Anselmo- le dijo que de mayor quería ser un importante ganadero como él y realizar la trashu­mancia como mayoral de todos los pastores. Le preguntó qué experiencia tenía con el ganado y dijo que apacentaba el rebaño familiar compuesto por dos cabras y diez ovejas y que si le dejaban sería capaz de llevar las casi mil ovejas del ganadero. El ganadero rió la respuesta del zagal al que ya tenía tratado como amigo que era de su hijo pequeño. Le convencieron las ansias del crío por hacer algo importante en su vida y con un apretón de manos entre Anselmo y Jesús Oquendo quedó forma­lizado el contrato. En realidad mucho trabajo y poco sueldo pero, aún con todo, ya era algo.

El segundo hijo tiene casi 13 años y trabaja en casa de los señoritos del pueblo, los Pedraza. Últimamente está bastante delicado de salud a causa de unas fiebres que pasó y, como no se acaba de reponer del todo, los señores le han dicho que tendrán que buscarse otro criado. El jornal que aporta este hijo a la casa de Ansel­mo es insustituible en la economía de la familia pues junto con el de Rodrigo es ca­si el único dinero que entra en el hogar. Los beneficios del trabajo de Anselmo con su hacienda son básicamente productos que consumen diariamente su familia, pues con la excepción de la venta de alguna fanega de trigo o de algún cabritillo, no entra más dinero en casa que el que aportan los dos hijos mayores. El resto de los productos que consumen han sido conseguidos mediante el trueque realizado bien en la abacería del pueblo o con los comerciantes itinerantes que, periódica­mente, acuden a Monterde en carromatos y son conocidos como campilleros (ori­ginarios del pueblo de El Campillo) aportando Anselmo a esa permuta la cebada, el lomo, los perniles del cerdo, quesos, e incluso los huevos de gallina.

El problema de Anselmo es que sabe que su hijo necesita que lo vea un médico, pero eso cuesta mucho dinero y él no dispone del necesario. En el pueblo no vive ninguno, por lo que tendría que desplazarse a Albarracín o Teruel. La gran duda que mantiene en esos momentos es qué va a hacer en el instante en que su hijo Juan no pueda ir a trabajar. Ha pensado en substituirlo por el pequeño pero sólo tiene 10 años y ahora mismo asiste a la escuela del pueblo. Anselmo cree que no le va a quedar más remedio aunque no le guste. “Tota l-intenta justificarse- la mejor es­cuela de la vida es la calle, yo mismo nunca fui al colegio y aunque no sé leer ni escri­bir las cuentas siempre me salen y en este pueblo no hay quien me engañe”. Sin em­bargo, él sabe que esos pensamientos son sólo una débil excusa, pues cada vez que ve a sus pequeños en la escuela o cuando le leen cualquier papel se siente la per­sona más orgullosa y feliz del mundo. Además, Anselmo -que como él piensa no tiene un ápice de tonto- se da perfecta cuenta de la diferencia de vida que man­tienen las personas con estudios y quien no los tiene. Al principio, cuando nacieron sus vástagos, el matrimonio bien aconsejado por don Ramón pensaba llevar a sus hijos a la escuela para hacerlos hombres de provecho. Otro cantar fue con las niñas, pues al igual que con la mayor parte de las chicas del pueblo se quedarían en casa ayudando a su madre en las labores del hogar. Ahora bien, los acontecimien­tos que se sucedieron dieron al traste con todas estas pretensiones y uno a uno fue­ron saliendo los chicos de la escuela antes de tiempo para ayudar en la economía familiar, contexto por otra parte bastante común en los pueblos de la Sierra.

Lo cierto es que esta situación se ha ido alargando en el tiempo y urge solucio­narla, así es que “mañana -piensa- iré a hablar con don José María Pedraza y si no tiene inconveniente, pondré al más joven a su servicio”. De sus hijas ni se le ha ocu­rrido por un momento el mandarlas allí. Él sabe que en pueblo la mayor parte de las que van a servir a las cuatro familias que tienen sirvientas no hablan nada bien de los señores de la casa que según dicen se toman muchas confianzas con ellas. Está además el ejemplo de la pobre Rosita que se ha tenido que ir del pueblo según comenta la gente deprisa y corriendo pues se dice que está embarazada del señor de la casa donde servía. Lo cierto es que desde que se marchó del pueblo sus pa­dres apenas salen ni hablan con nadie. En fin, “¡qué se le va a hacer!”, ya se lo dijo el alcalde a su hijo un día que tenía muy ligera la lengua, como consecuencia del exceso de alcohol ingerido en una boda: -“con las pobres y las criadas a pasarlo bien y a divertirse, pero de casarte con alguna de ellas ni hablar!”. Piensa en ello y asien­te al mismo tiempo -“sólo los niños y los borrachos dicen las verdades”-.

En estas meditaciones estaba cuando llegó a las proximidades de “Hoya Que­mada” atravesando un camino que se adentraba en medio de la espesura del mon­te, donde proliferaban grandes ejemplares de carrascas, rebollos y destacando so­bre todo este bosque alguna que otra sabina de porte esbelto y sinuoso. Entre es­ta profusa vegetación aparecían campos en rastrojera que se dejaban en barbecho para el año siguiente y alternando junto a ellos, grandes manchas de tierra de co­lor ocre dispuestas para el cultivo. Anselmo se fijaba en las labores efectuadas en los campos, comprobando que todavía no había muchos sembrados. Sin embargo, él tenía que apresurarse puesto que si allí solo tenía un “piazo” de cinco fanegas y otro más pequeño en un ramblar cercano, también era cierto que, por otras partes del término, disponía de otras tierras que tenían que ser asimismo labradas ese otoño, ya que el resto quedaban en barbecho para el año siguiente. “Qué bueno sería que estuviesen todos juntos -pensó Anselmo-, en pocos días podrían labrarse y sembrarse, no como ahora que debo de pasarme todo el mes de parcela en parcela. Menos cavila­ciones ya trabajar-murmuró- pensando no se come”. Acto seguido saltó con pres­teza de su asiento y quitando los aparejos de los animales los sujetó en el ramaje de un árbol próximo. Se acercó al carro para recoger una talega de trigo y soltando el nudo que la cerraba liberó el saco de cereal. Luego se ajustó a modo de bandolera descansando sobre el hombro derecho, un trozo de una manta fina algo vieja pe­ro todavía tersa y sin roturas, acomodando en su interior parte de la talega de tri­go. Una vez comprobado que todo estaba en condiciones penetró en el campo por un lateral, e iba introduciendo continuamente la mano en la sementera, cogiendo a puñados el cereal y esparciéndolo en abanico sobre la tierra a derecha e izquier­da tal y como iba caminando. Cuando hubo sembrado el campo, se acercó nueva­mente a las mulas y les colocó el yugo acoplando el aladro entre ellas. Comprobó que estuvieran bien puestos los arneses y tirando de las riendas comenzó a labrar el campo enrunando la simiente.

Sería cerca de las dos del mediodía cuando decidió parar a descansar y meren­dar. Dejó las mulas atada al ramaje de una sabina, luego extrajo de un saco un par de brazadas de paja y algo de cebada colocando todo ello junto al verdín que ro­deaba el árbol a fin que los animales repusieran fuerzas. Por su parte, Anselmo sa­có de las alforjas un cantero de pan una tajada de tocino y frito de cerdo, colgan­do sobre una rama saliente la cuerda de una bota de vino. Bebió sobriamente y apuró toda la comida que su mujer le había preparado. Una vez finalizada la comi­da, lió un nuevo cigarrillo con su parsimonia acostumbrada y conforme lo iba con­sumiendo se recostó junto al tronco de un gran chabasco sumiéndose en un bre­ve, pero reconfortante sueño.

Media hora más tarde Anselmo se despertó de su siesta levantándose al tiempo que daba un largo y prolongado bostezo y estiraba sus extremidades. Avanzó ha­cia las caballerías y les volvió a colocar los aperos de labranza. Terminó por acabar la labor, recogió todo y continuó hasta el ramblar cercano donde tenía una peque­ña parcela. No tardó mucho en sembrarla y ararla debido a sus reducidas dimen­siones.

Era casi las seis de la tarde cuando, una vez arados y sembrados los dos campos, inició el camino de regreso a casa. Antes de comenzar el retorno, bebió nueva­mente de la bota liándose otro cigarrillo. El frío del atardecer empezaba anotarse por lo que decidió colocarse de nuevo la chaqueta de pana, algo roída y remenda­da pero, eso sí, efectiva en la lucha contra las bajas temperaturas.

Por el camino de vuelta, Anselmo siguió con las cavilaciones del viaje de ida. Es­taba todo decidido, “¡Que sea lo que Ojos quiera!” -exclamó, casi sin percatarse que estaba hablando consigo mismo. “Poco dinero hay en casa, pero le pediré ayuda a mosen Rufino y una recomendación a don José María Pedraza y la semana que viene, a más tardar, nos iremos a Albarracín con Juan para que lo vea el médico”.

Estaba ya entrada la noche, cuando Anselmo traspasaba los umbrales del pue­blo dirigiéndose hacia su pajar a fin de llenar un saco de paja con el que reponer el gasto de los animales de su hacienda. Nada más llegar a casa, salieron a su en­cuentro sus hijos pequeños, le ayudaron como pudieron guardando los aparejos de las caballerías. Los aperos de labranza mucho más pesados, fueron dejados en el ca­rro dispuesto para el trabajo del día siguiente. Sus hijas recogieron la paja que había traído su padre y tiraron parte de esta en el pesebre de la mula, acondicionan­do con un poco de la misma, la gorrinera y el gallinero.

Cuando acabó Anselmo de encerrar las mulas en la cuadra, cerró la puerta ex­terior del corral y, entrando en la casa, saludó a su mujer que junto con la mayor de sus hijas estaban preparando la cena de esa noche y el almuerzo del día si­guiente. Después de un breve intercambio de palabras, la hija pequeña de Ansel­mo llevó a su padre un balde lleno de agua para que se lavara. Cogió el hombre una tira de jabón y descamisándose acabó su limpieza personal. Tiró el agua sucia del balde al corral y se aproximó al cobertizo para orinar. Luego se dirigió a la co­cina y acercándose a la lumbre lió parsimoniosamente un nuevo cigarrillo. Esta vez no utilizó su mechero sino que recogiendo un brizne del fuego con las tenazas en­cendió el cigarro.

Mientras sus hijas se afanaban por poner la mesa, él le comunicó a su mujer lo que había decidido esa mañana respecto a sus hijos. Asunción asintió todo lo que Anselmo le decía sin comentarios, pues era una decisión de su marido y, las de esa naturaleza, no admitían discusiones de ningún tipo. Estaba todavía hablando cuan­do entraron sus dos hijos mayores. Después de saludar a su padre, se sentaron en la mesa comentando los pormenores del día y los chismes más o menos creíbles que habían escuchado en el pueblo, comenzando acto seguido la cena. Poco tiem­po tardaron en apurar los peroles con la sopa de ajo y tropezones que su madre les había preparado. Ella, comiendo sentada al pie mismo de la lumbre, los miraba. Una vez que hubieron acabado preguntó si querían algo más mirando especial­mente a su hijo mediano Juan. Como todos asintieron, Asunción, levantándose nue­vamente, encendió el candil y bajó a la bodega a por alguna tajada de frito. Una vez de nuevo en la cocina, mandó a sus hijas que subieran a la cambra con el can­dil, para recoger de uno de los trojes, un cesto con manzanas reinetas recién cose­chadas de su huerto en el “Barranco del Molino”. Luego, mientras calentaba las ta­jadillas, no dejaba de pensar que, de continuar comiendo de dicha manera, muy pronto se quedarían cortos de comida.

Mientras tanto en la calle, la lluvia hacía su aparición suave, tenuemente, como era propio en esta época del año. El olor a tierra mojada impregnaba un aire cada vez más denso y penetrante. En las profundidades del bosque, multitud de setas se esparcían por doquier irisando con su manto multicolor el verde césped de los pra­dos. Allí mismo, junto a las solitarias y orgullosas sabinas y los extensos pinares, con­trastaba la singular belleza de las choperas y rebollares de hojas fenecidas. Todo es­te mundo hubiera formado un paraje idílico, de no haber sido por la miseria que acompañaba a buena parte de las personas que habitaban estas tierras.

Notas

[1] Pedro Saz es oriundo de Monterde de Albarracín. Es doctor en Historia por la Universidad de Valencia y miembro de CECAL.

Créditos

La fotografía inicial pertenece al archivo López Segura de IET/CECAL

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