Los “temporeros” de la Sierra entre 1900 y 1936

Rutas de la Trashumancia desde Albarracín (Museo de la Trashumancia, Guadalaviar)

LOS HABITANTES DE LA COMUNIDAD DE ALBARRACIN Y SU LUCHA POR LA SUPERVIVENCIA ECONOMICA. EL RECURSO DE LA EMIGRACION TEMPORAL ENTRE LOS AÑOS 1900 Y 1936.

 Pedro Saz Pérez, 2001 

                        A principios del siglo XX descollan en la actividad económica de la población de la Comunidad de Albarracín, dos aspectos íntimamente relacionados con la emigración. Por una parte la trashumancia propiamente dicha, con una antigüedad milenaria y que incluye a una parte importante de la cabaña ganadera de los municipios de la Sierra. Y por otra, la práctica de una migración temporal fuertemente asentada desde mediados del siglo XIX, y que afecta a un grupo considerable de jornaleros, los cuales, realizan todo tipo de trabajos en comarcas lejanas a la propia Comunidad. Este artículo va a tratar precisamente de esta última cuestión, la cual incide de una manera más evidente, sobre la capacidad económica del colectivo más numeroso de la Sierra, es decir de la población económicamente dependiente, formada por jornaleros y pequeños e ínfimos propietarios campesinos. En un principio habría que señalar, que ambas migraciones tienen en común su periodicidad estacional, la cual abarca prácticamente toda la etapa invernal, aunque es bien cierto que la trashumante se inicia con anterioridad, alargándose incluso durante varias semanas más. Lo más habitual, es que los emigrantes temporales de la Sierra acudieran a sus destinos, entre finales de noviembre y primeros de diciembre, acabando dicho periplo por regla general en el mes de marzo del año siguiente. 

                        Como hemos indicado, la característica principal de esta migración es que se trata de unos movimientos de población, realizados por personas con enormes carencias económicas. Hacia el año 1900, algo más del 90% de la población de la Comunidad de Albarracín vivía bajo una precaria situación económica, la cual adquiría en muchos casos tintes de verdadera subsistencia1. Ello era debido a la desigual distribución de la tierra, ya que este porcentaje de población poseía algo menos de la mitad de las tierras de cultivo en la Comunidad, siendo el 10% restante, propietario de más de la mitad de las mismas, tratándose además de los campos y predios más fértiles de la comarca. Debido precisamente a las deficiencias del colectivo campesino económicamente dependiente y, al hecho del parón agrícola invernal tan acusado en la Sierra, buena parte de esta población acudía a su cita anual con la emigración temporal, para poder subsanar gracias al trabajo realizado durante esos meses, sus enormes carencias económicas. El problema y la naturaleza de esta migración, era percibido de la siguiente manera por la prensa turolense del momento:  

       “…¡Pobres serranos! En sus despensas no hay lo necesario para la vida; el complemento de su ángulo alimenticio, la ración de entretenimiento, tienen que buscarla, o en los cortijos andaluces o en las dilatadas planicies de la Mancha. Allá van los brazos robustos de las familias a ganar el irrisorio jornal de cinco reales, del que dada la sobriedad de los serranos, aún ahorran para sus “paguicos”, esto es, para calmar el insaciable apetito del fisco.

       Aquí en la sierra, quedan sólo los seres débiles: mujeres, niños ancianos; quedan los desprovistos del rigor para el trabajo (…) Para su sostenimiento cuentan con las escasas viandas que almacenaron, como saldo de liquidación con sus acreedores: algo de trigo, de patatas, de judías (…) Los más afortunados suelen hacer la “matanza”, aunque del cerdo sacrificado se vean obligados a enajenar los lomos, los jamones y las costillas para atender con su importe a otras apremiantes atenciones…” 2. 

                        Así pues, un número considerable de la población económicamente dependiente de la Comunidad, iniciaba el periplo migratorio generalmente a finales del mes de noviembre. La misma afectaba entre el 20% y el 60% de los varones, oscilando este porcentaje en base tanto al número de jornaleros existente, como a la distribución de la riqueza rústica en cada uno de los municipios de la Comunidad. Los destinos como veremos más adelante eran variados, diferenciándose en base al trabajo a realizar. Por una parte estaban los carboneros, que acudían a comarcas aisladas de otras provincias españolas como Logroño, Soria, Zaragoza, etc. Y por otra, un grupo algo más numeroso iba a los molinos de aceite andaluces. Además, se daba la circunstancia entre los años 1910 y 1923 que buena parte de este último colectivo, lo hacía precisamente a las haciendas que poseía en la provincia de Jaén3 el diputado por el distrito de Albarracín, el Barón de Velasco. 

                        A las tierras andaluzas, iban los serranos andando en un viaje que duraba aproximadamente una semana. El procedimiento que seguían estos grupos era el siguiente: Cada año durante el otoño, los capataces o los dueños de los molinos de aceite andaluces escribían a los “maestros molineros”, que eran aquellos serranos veteranos que dirigían un grupo de jornaleros generalmente del mismo municipio, apalabrando las condiciones de trabajo y el salario. En cada pueblo de la Comunidad, existían varios grupos y cada uno a la fecha convenida, iniciaba el viaje hacia su destino respectivo. Buena parte de estas cuadrillas acudían andando por sendas del monte, utilizando muchas de ellas una caballería que servía para acarrear ropa y alimentos. El itinerario que seguían los emigrantes de la Comunidad hacia Andalucía, era idéntico en sus primeras fases, pernoctando en primer lugar en la localidad de Toril y siguiendo posteriormente, por las poblaciones conquenses de Pajaroncillo, Gabaldón, etc., para finalizar en Aldeas de Montizón ya en la provincia de Jaén, desde donde se dirigían hacia sus respectivos destinos4. Sin embargo, con el paso de los años era cada vez más frecuente la utilización de otros medios de transporte como el autobús o el tren, aunque en ambos casos se trataba asimismo de viajes de varios días y tremendamente incómodos. 

                        La labor que realizaban en las fábricas de aceite, era bastante pesada y estaba mal remunerada, sufriendo una feroz explotación al efectuar aquellas labores que muchos de los naturales no querían realizar. Las cuadrillas trabajaban en turnos de diez o doce horas sin apenas descanso, cobrando de salario un duro diario5 entre los años 1925-1930. No existían paradas dominicales ni días festivos. El descanso diario, lo realizaban en unas chabolas habilitadas por los dueños dentro del recinto de las fábricas. Mantenían poco contacto con los andaluces, reduciéndose prácticamente a las compras en las abacerías locales. La alimentación básica se componía de legumbres, fundamentalmente garbanzos. Con el dinero obtenido, los serranos solían realizar compras de difícil adquisición en su comarca, artículos como aceite o incluso utensilios varios como caloríferos, etc. En definitiva, si bien es cierto que con el producto de los campos y el ganado, buena parte de los habitantes de la Comunidad apenas tenían para poder subsistir, gracias a estos aportes económicos de carácter extraordinario, resultaba más llevadera su vida y la de sus familias durante el resto del año. 

                        Si bien durante las tres primeras décadas del siglo XX, las migraciones temporales fueron realizadas con una cierta normalidad, lo cierto es que a partir de la proclamación de la II República todo cambió radicalmente. El motivo de tales alteraciones, fue la promulgación en la primavera de 1931 de la Ley de Términos Municipales. Esta nueva legislación, fue elaborada por los socialistas para impedir la utilización bastarda y maniquea, que las oligarquías terratenientes hacían de los jornaleros que acudían a otras tierras a trabajar. Estos trabajadores eran pagados con salarios inferiores y en detrimento de los jornaleros locales, aspectos todos ellos que incidían de lleno en la actuación de los emigrantes serranos. Sin embargo, si bien la ejecución de dicha ley resultaba justa para evitar los abusos a los que se veía sometido este colectivo, lo cierto es que al no incentivarse alternativas económicas en los lugares de origen de las poblaciones emigrantes, lo único que se consiguió fue aumentar considerablemente el paro, como ocurrió en la Comunidad de Albarracín. Así pues, y a pesar de las diferencias políticas entre los gobiernos que se sucedieron a lo largo de la República, lo cierto es que tuvo lugar un retroceso en este tipo de migración durante dicha etapa. Sin embargo, también hay que hacer constar que pese a todas esas restricciones legislativas, no resultaba raro que acudieran a los molinos andaluces cuadrillas serranas en busca de trabajo. Asimismo, tampoco resultaba extraño que los dueños de los molinos dieran trabajo, bien a varios de esos grupos o a algún jornalero en solitario6, aunque lo más normal es que dicha búsqueda acabara en fracaso7. La falta de trabajo debido a la Ley de Términos Municipales, ocasionó al conjunto de los emigrantes serranos unas pérdidas económicas considerables. El ayuntamiento de Guadalaviar8 estimaba en más de 50.000 pesetas, las pérdidas ocasionadas en dicho municipio por esta ley durante el invierno de los años 1932-1933. 

                        La otra migración temporal importante era la de los carboneros, la cual solía ser realizada por familias enteras que acudían a zonas rurales apartadas. Allí, procedían la mayor parte de sus miembros a trabajar en la poda y el posterior carboneo de la madera. Al estar alejados de los núcleos poblados, su aislamiento era casi total durante todos esos meses, roto tan solo en las raras ocasiones en que acudían a las abacerías de los pueblos más próximos, para comprar determinados productos. Muchas de estas familias acudían a sus destinos, tras largas jornadas de marcha a pie y ocasionalmente con algún animal de carga o un carro, donde colocaban todos los utensilios y alimentos que tenían o podían transportar. 

                        Así pues, a continuación vamos a indicar los destinos más comunes de los emigrantes temporales, en varias localidades de la Comunidad9. La ciudad de Albarracín, tenía en el año 1901 un total de 1932 habitantes, de los cuales se ausentaron durante ese invierno 102 personas, distribuidas por numerosos pueblos de la provincia turolense y por las ciudades de Teruel, Zaragoza, Barcelona y especialmente Valencia. 

                        En Bezas, con una población de 357 habitantes en 1901, se ausentaron un total de 30 personas. El colectivo mayoritario acudía a las localidades madrileñas de El Pardo y Olivar de Hinojosa, mientras, casi la mitad de los emigrantes eran mujeres, e iban a servir a la población de Requena (Valencia). 

                        Guadalaviar tenía una población de 492 habitantes en el año 1901, de los cuales 114 se ausentaron durante ese invierno. La mitad de los mismos se dedicaba al carboneo, y lo hicieron en las poblaciones de Cimballa en la provincia de Zaragoza con 27 personas; y en las localidades cordobesas de Posadas del Río con 20 y Adamúz con 11. El resto estaba formado por partidas de jornaleros, que acudieron a los molinos jienenses situados en los pueblos de Bailén, Mancha Real, Andújar, Santisteban, la Carolina y Baños de la Encina. 

                        Jabaloyas disponía en 1921 de 708 habitantes, de los cuales 178 se encontraron ausentes durante el invierno de los años 1920-1921. De todos ellos, 54 lo hicieron en la localidad norteamericana de Vinyan Canyon, tal y como veremos más adelante. Los emigrantes temporales, nada menos que 124, eran fundamentalmente carboneros que acudieron a Logroño con un total de 28 personas; así como a los pueblos de Almazán (Soria) con 27; Pozondón (Teruel) con 16; y La Cierva (Cuenca) con 13. El resto de los emigrantes, se distribuyeron por varias localidades de las provincias de Cáceres, Teruel y Valencia. 

                        Moscardón por su parte, contaba con 494 habitantes en el año 1901, estando ausentes durante ese invierno un total de 85 personas. La mayor parte de este colectivo, se dirigió a la localidad madrileña de El Pardo con 26 emigrantes, divididos entre jornaleros y carboneros; el resto se disgregó por diversas provincias, entre las que sobresale Valencia (Cheste, Bétera y Requena). 

                        Tramacastilla tenía en 1901 un total de 455 habitantes, de los cuales 42 se ausentaron durante ese invierno. En esta población, el destino de los mismos se repartió entre diversos municipios de la provincia de Teruel, mientras que a Jaén acudieron 9 emigrantes. 

                        Otras localidades de la Comunidad de Albarracín, que resultaron fuertemente afectadas por la emigración temporal entre 1900 y 1936 (aunque no disponemos de sus destinos), fueron Bronchales, que tuvo el 21’5% de su población ausente durante el invierno de los años 1935-1936, cuando el municipio contaba con 1145 habitantes. Frías, con el 42’6% de emigrantes entre los años 1924-1925, sobre una población de 640 personas. Y Torres, con el 20’9% de ausencias, respecto a los 595 habitantes existentes durante los años 1906. 

                        Por otra parte, también tenía lugar una emigración definitiva, aunque ciertamente no afectaba a un número tan considerable de personas como la temporal. La Comunidad de Albarracín, que mantuvo durante las dos primeras décadas del siglo XX una población de algo más de 14000 habitantes, tuvo una media de emigrantes de carácter definitivo del 6%, los cuales tenían como destino mayoritario las ciudades de Teruel, Zaragoza, Barcelona y Valencia. Además, tuvieron lugar muy esporádicamente emigraciones a capitales de países iberoamericanos como Buenos Aires o Montevideo, donde acudieron familias procedentes de Tramacastilla y Albarracín, o incluso a Chicago (EE.UU.) desde Jabaloyas. Durante las dos décadas siguientes se aceleró el flujo migratorio de carácter definitivo, llegando a afectar al 12% de la población de la Comunidad durante los años 1921-1936, momento en el cual se inicia una regresión que hará reducir hasta poco más de 13000 personas, el número de habitantes de la Comunidad en vísperas de la guerra civil. 

                        En la Comunidad de Albarracín, un caso único respecto a la emigración definitiva o en todo caso de larga duración, tiene lugar en la localidad de Jabaloyas. La singularidad de este municipio está en el hecho de una masiva emigración a los EE.UU., afectando nada menos que a un total de 54 personas pertenecientes a 49 familias, de las 226 que existían en el pueblo durante 1920. En su inmensa mayor parte se trataba de los hijos mayores (solteros), que iniciaban la aventura americana con la aspiración de instalarse allí durante varios años, aunque siempre con la idea de volver. Estos jornaleros se marcharon en su mayoría a la población de Vinyan Canyon, trabajando como mineros en unas condiciones verdaderamente penosas. Ello, ocasionó que varios de los que se marcharon fallecieran ante las duras condiciones de trabajo. Parte de este colectivo dejó al poco tiempo las minas, para trabajar de pastores en la parte sur de EE.UU. fronteriza con Méjico. Todas estas singularidades, hicieron posible que no todos los que iniciaron la emigración norteamericana, retornaran años después a Jabaloyas. 

                        En definitiva, durante los años 1900-1936 confluyeron en la Comunidad de Albarracín dos tipos de migraciones específicas. Por una parte, la trashumante, donde convergían buena parte de la cabaña ganadera junto a un reducido núcleo de pastores de cada pueblo. Y por otra, la emigración temporal, que afectaba como hemos visto a un porcentaje importante de serranos. Este colectivo realizaba dicha práctica como remedo a su situación económica, lastrada como estaba por carencias y deficiencias de toda índole. Gracias a dicha migración, el colectivo económicamente dependiente de la Comunidad de Albarracín, pudo superar (momentáneamente) la grave crisis que padecía, aunque fuera a cambio de sufrir la brutal explotación a la que se vio sometido. El fin de los abusos durante la etapa republicana (sencillamente por las trabas legales impuestas a la emigración), no representó ni mucho menos un salto favorable en su situación, antes al contrario, profundizó en los males del campesinado de la Sierra, con un aumento considerable del paro y con el agravante de dejar sin solucionar mínimamente sus carencias estructurales. A partir del momento en que los serranos ya no pudieron realizar las migraciones temporales de antaño, la solución ante la crisis económica (latente antes y después de la guerra civil) resultaba meridianamente clarificadora. Ya no quedaba más remedio que la emigración definitiva y masiva, tal y como ocurrió algunas décadas más tarde, adquiriendo en esta ocasión un cariz claramente irreversible. Así pues, cuando estos acontecimientos tuvieron finalmente lugar allá por los años sesenta, lo fueron, dado el profundo estatismo de los todos los poderes públicos que se habían ido sucediendo desde la República, respecto a los problemas socio-económicos que incidían sobre el colectivo económicamente dependiente de la Comunidad. Es decir, los jornaleros y los pequeños e ínfimos propietarios campesinos, los cuales, representaban a la inmensa mayoría de la población de la Comunidad de Albarracín.

 

 

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1  Durante estos años, los libros del Registro Civil dan cuenta de la gran cantidad de defunciones que se producen por la falta de una alimentación adecuada. Además en las Actas municipales de los ayuntamientos, son constantes las muestras de pesar ante la afluencia de “menesterosos” que acuden solicitando simplemente comida, o la caridad ejercida por ayuntamientos como el de Orihuela del Tremedal, Acta municipal del ayuntamiento de Orihuela del Tremedal, 12-XII-1932 y 23-XI-1935; y el de Albarracín con la ayuda de los Padres Escolapios y su reparto de “sopa Boba”.

El Cronista de Teruel, 6-X-1917.

3  SANCHEZ DE LOS SANTOS, M.: Las Cortes Españolas de 1910, Madrid, 1910, página 847.

4  Los itinerarios han sido recogidos por historia oral en varios pueblos de la Comunidad.

5  El salario que más recuerdan las personas que entrevistamos y que habían participado en esas inmigraciones a finales de los veinte, es el de un duro diario.

6  Así ha sido confirmado mediante la historia oral en varias localidades, entre ellas Guadalaviar.

7  Como aconteció en 1933 a los vecinos de Guadalaviar Adolfo Navarro Gonzalo y Mariano Navarro Martínez, que después de un periplo por el pueblo de Linares (Jaén) tuvieron que volver a casa sin haber podido trabajar; Acción, 3-II-1933.

Acción, 3-II-1933.

9  Hay que hacer constar precisamente que todas esas cifras pertenecen a los registros realizados en los Censos de Población correspondientes, pero que dada la actitud de los serranos respecto al cumplimiento de las normas estadísticas, dan como resultado que fueran realmente muchos más de los aquí expuestos, ya que éstas son única y exclusivamente las cifras oficiales. De hecho en varias entrevistas realizadas se ha podido confirmar esta circunstancia, así como el apercibimiento de que alguno de los entrevistados no figuraba como ausente en el censo, a pesar de haber emigrado durante esos años. Asimismo diversos testimonios periodísticos de la época, dan fe del tremendo “éxodo” de la población masculina durante los meses de invierno.

 

 

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