LAS COMUNICACIONES EN LA SIERRA DE ALBARRACÍN A PRINCIPIOS DEL SIGLO XX

A comienzos del siglo XX la Sierra de Albarracín se encontraba prácticamente incomunicada respecto a su entorno. Tan solo una carretera unía Teruel con la ciudad de Albarracín y de allí enlazaba con los pueblos de Torres, Tramacastilla, Noguera y Orihuela del Tremedal. Además, si bien años atrás se había iniciado la construcción de la carretera de Teruel a Cañete (por Albarracín), lo cierto es que todavía a mediados de la década de 1910 continuaban construyéndose algunos tramos, aunque eso sí, estaban ya comunicados los municipios de Gea, Albarracín, Royuela, Terriente y Toril y Masegoso. Aún con todo, a principios de este siglo todavía una gran parte de los pueblos de la Sierra seguían estando totalmente incomunicados. Este aislamiento geográfico incidía también en la fluidez y eficacia de las comunicaciones postales, especialmente respecto a las comarcas de su entorno.

 

A partir de 1910 una de las principales iniciativas del diputado por el distrito de Albarracín, el barón de Velasco, fue la de intentar poner fin a este estado de cosas. Primeramente, organizó una reunión con delegados de todos los pueblos de la Comunidad de Albarracín para que elaboraran un proyecto sobre aquellos caminos municipales que les fuesen necesarios. No obstante -y a pesar del interés que demostró el diputado-, apenas se consiguieron avances sustanciales ante la desidia de los propios pueblos, que al menos en teoría, eran los más necesitados. Por todo ello, un año más tarde el barón de Velasco requirió a todos los representantes de los municipios de la Comunidad, a celebrar una reunión en la ciudad de Albarracín el día 23 de agosto de 1911. A pesar del innegable interés del diputado, en dicha reunión tan solo se presentaron las propuestas de cuatro trayectos de los que finalmente fue desechado uno. Los pueblos afectados definitivamente por la realización de nuevos caminos eran Ródenas y Pozondón por una parte; Bronchales y Noguera por otra; y por último, Tramacastilla junto a Villar del Cobo. Sin embargo, conviene indicar que si bien a los pocos meses ya se habían iniciado las obras, lo cierto es que tan solo lograron acabarse estos caminos en la década de los años treinta.

Debido a todas esas circunstancias, resultaba bastante evidente la crítica situación que atravesaba el transporte de viajeros y la correspondencia en la Sierra de Albarracín. A la insuficiencia de caminos que enlazaran los pueblos de la Comunidad, hay que añadir las dificultades que existían para que el transporte de la correspondencia fuera más rápido y aceptable. Su conducción, era realizada en la mayor parte de los municipios de la Comunidad, por una serie de peatones desde la estafeta de Albarracín a las diferentes localidades a través de una red de senderos y caminos. Ello suponía durante buena parte del año, una tardanza considerable ante las lógicas consecuencias ocasionadas por las inclemencias del tiempo. Las lluvias y sobre todo las nevadas, empeoraban considerablemente la situación de los caminos, quedando éstos en su gran mayoría prácticamente intransitables por lo que su aislamiento era total durante varios meses al año.

No obstante, hay que mencionar que en un principio pareció que la situación iba a variar considerablemente, sobre todo, cuando al poco tiempo de concluirse la principal vía de comunicación en la Sierra, un servicio de automóvil inició el transporte de la correspondencia desde Teruel a Albarracín. Sin embargo, la subasta para la conducción del correo en automóvil que se realizó en el año 1916 quedó desierta, ante la denegación de las autoridades de incluir en la misma al transporte de viajeros y poder abaratar de esta manera, los elevados costes que suponía dicha actividad. Así pues la principal consecuencia que generó esta situación, fue la reinstauración del carro de dos ruedas para el transporte de la correspondencia de Teruel a Albarracín, tal y como había tenido lugar años atrás y durante el siglo pasado.

Por todo ello, el ayuntamiento de Tramacastilla realizó en la primavera de 1917 una propuesta a los pueblos de la Comunidad, para procurar la sustitución de este medio de transporte por un automóvil que fuera tanto de viajeros como de correspondencia. Esta propuesta, fue rápidamente asumida por muchos pueblos de la Comunidad de Albarracín y por algunas personalidades de la comarca, como el abogado y terrateniente natural de Torres, José M.ª Valdemoro Barrio y el catedrático Manuel Mora Gaudó. Así pues, en el verano de 1917 se inician los trámites para la realización de una Asamblea en Albarracín con el asunto de los Autos como el tema a discutir. En el ayuntamiento albarracinense se realiza la primera Junta, de la que toman parte el citado abogado José M.ª Valdemoro, el alcalde de Albarracín Joaquín Abad y los concejales del municipio. Esta reunión concluye con la petición al rector de las Escuelas Pías, el padre Julio Burzurrí, de la cesión de los locales de dicha institución para poder celebrar allí la mencionada Asamblea. La misma queda asimismo consolidada tras la aceptación del rector, pero sobre todo, gracias a la colaboración del ayuntamiento de Albarracín al que se le encomienda la logística necesaria para la celebración de dicha convocatoria.

De esta manera, el día 15 de julio de 1917 tiene lugar en las Escuelas Pías de Albarracín, una Asamblea para favorecer el establecimiento de un servicio de automóvil en la Sierra, destinado al transporte de viajeros y la correspondencia. A dicha Asamblea presidida por el alcalde de Albarracín Joaquín Abad, asistieron comisiones de los pueblos de la Comunidad junto a una gran cantidad de personalidades y público en general. Se nombró una Comisión Gestora, para que iniciara los trámites sobre la constitución de una sociedad dedicada al asunto de los Autos de Albarracín. Dicha Junta Gestora estaba presidida por José M.ª Valdemoro y contaba entre sus vocales, al alcalde de Albarracín; a D. Francisco Domínguez, canónigo, en representación del Cabildo; al reverendo padre rector de las Escuelas Pías; D. Joaquín Millán, delegado de Farmacia por los intelectuales; D. Vicente Narro, por el comercio; D. Mariano Rabinad, secretario del ayuntamiento de Albarracín; y D. Manuel Mora Gaudó, verdadero “alma mater” del proyecto.

Esta Junta Gestora, adoptó en su primera reunión una serie de acuerdos entre los que destacaba el referente al nombramiento de una Junta de Honor. La misma, estaba formada por destacados políticos relacionados con la provincia de Teruel y especialmente con el distrito de Albarracín, así como por la mayor parte de los alcaldes de la Sierra. A todos ellos se les remitieron las respectivas notificaciones, para que tuvieran constancia del proyecto y enviaran asimismo su aprobación junto a las consideraciones que al respecto estimaran oportunas. Otro punto importante fue la elaboración de un nuevo plan sobre el establecimiento del servicio postal. Y por último y posiblemente como el tema más controvertido, estaba la pretensión de realizar una pequeña cuestación entre la Comunidad y los pueblos interesados (según las ventajas que éstos fueran a obtener), para poder hacer frente a los gastos que se originasen. Los resultados de esta colecta fueron los siguientes: Teruel, la Comunidad y la ciudad de Albarracín (100 pesetas cada uno); Terriente y Gea (25 pesetas); Torres, Royuela, Tramacastilla y Noguera (15 pesetas); Bronchales (10 pesetas); y los restantes trece pueblos a 5 pesetas cada uno. El total recaudado era de 485 pesetas.

Los trabajos de la Junta Gestora eran continuos y se iban realizando paulatinamente los diferentes acuerdos de la Asamblea del 15 de julio. Sin embargo, otra cosa cabe indicar respecto a la actividad desarrollada por los diputados y las personalidades en general adscritas a la Junta de Honor. Esta postura se vio remarcada por el hecho de la nula receptividad de todos ellos ante las continuas peticiones realizadas desde Albarracín para que suscribieran los acuerdos adoptados. Este talante chocaba frontalmente con el entusiasmo que se percibía entre parte de la población de Albarracín y, en cierta medida, en alguno de los pueblos que iban a resultar beneficiados por el asunto de los Autos. Así pues y en medio de un desmedido y apasionado entusiasmo que no dejaba ver la realidad de los hechos, la Junta Gestora convocó a una Magna Asamblea para el día 19 de agosto de ese año en Albarracín. En dicha convocatoria se iban a discutir los detalles más significativos del asunto de los Autos; y con posterioridad, se pensaba agasajar con una comida al numeroso elenco de personalidades asistentes al mencionado acto.

El primer punto tratado en la Asamblea fue una exposición del proyecto enviado a la Dirección General de Comunicaciones. En el mismo, se hacía ver las enormes ventajas que iba a tener el envío de la correspondencia con el nuevo trazado concebido. Básicamente, se ganaba un día respecto a la duración del reparto tal y como estaba teniendo lugar hasta esos momentos. Una vez aprobado el proyecto por la Asamblea, se pasó a la discusión sobre la necesidad de crear una Sociedad por acciones para poder cubrir los gastos que estos nuevos servicios iban a ocasionar. Para ello existían dos propuestas. En la primera, el capital social ascendía a 75.000 pesetas y se trataba del servicio de correos y viajeros. La segunda, se elevaba a 120.000 e incluía además el traslado de mercancías. Se acordó que fuera la primera y, que tan solo en el caso de lograr completar las acciones de ese servicio, se tuviera en cuenta el de mercancías. En total se emitieron 1.400 acciones a 50 pesetas cada una.

Una vez finalizada la Asamblea, tuvo lugar una comida a la que asistieron las más altas personalidades políticas y eclesiásticas presentes en el acto. El ágape celebrado en el comedor de las Escuelas Pías de Albarracín contó con 27 comensales, elevándose a 138 pesetas el coste de la comida. Es decir casi el 30% de los fondos recaudados por la Junta Gestora. El rector Julio Burzurrí acusaba como el principal causante del elevado coste final al cuantioso precio de los productos consumidos por una parte y por otra a la avidez de algunos comensales (chóferes, ayudantes, etc.). Para establecer una valoración del coste de la vida en aquellos años podemos tener en cuenta lo siguiente: En dichas fechas el salario diario de un jornalero en Albarracín era de 3 pesetas. Los costes de algunos productos reflejados en la minuta eran como siguen: un kilo de pan costaba 0’50 pesetas; una docena de huevos 1’60 pts; un kilo de azúcar 1’50 pts; media arroba de aceite 14 pts; un cuarterón de arroz 2’25 pts; un kilo de jamón 6 pts; media arroba de patatas 1 pta; un kilo de carne de carnero 2’25 pts; una gallina 3 pts; un cuartillo de leche 0’30 pts; medio kilo de salchichón 4 pesetas; etc.

Durante la Asamblea y muy especialmente durante el ágape, insistieron los asistentes sobre la necesidad de acceder rápidamente a las acciones que se iban a poner en circulación. Sin embargo, ya a mediados de septiembre cundió la voz de alarma entre la Junta Gestora ante la nula venta de acciones. Situación que se agravó conforme iba finalizando el año y se pudo comprobar que todavía no se había suscrito ¡¡¡ni una sola acción!!! Nadie había cumplido con su palabra. Unos por otros, pero en definitiva todos, tenían auténtico pavor en dar el paso inicial. Pero es que ni tan siquiera la colaboración que se pretendía de los políticos tuvo lugar. Buenas frases y encendidos elogios ante la prosperidad que se aventuraba con el proyecto sí los hubo y a raudales, pero apenas pasaron de ahí. Ni tan siquiera el diputado del distrito, el barón de Velasco, dedicaba el más mínimo esfuerzo en favor de Albarracín. Si acaso, su interés radicaba en los negocios, muchos de los cuales (venta de aceite, etc.) tenían como destinatarios a los consumidores y trabajadores tanto de Albarracín como de la Comunidad. Daba la penosa impresión, que después de la excursión a Albarracín y de la comida que allí tuvo lugar se habían acabado los problemas. Pero no era así sino más bien todo lo contrario. La Junta Gestora entró en serias discusiones con el ayuntamiento albarracinense, por ver quien tenía que hacerse cargo de los costes de la Asamblea celebrada en el mes de agosto. Entre los principales valedores del asunto de los Autos empezó a cundir el desánimo. Así pues, al poco tiempo, José M.ª Valdemoro y especialmente Manuel Mora Gaudó, denunciaban el maniqueísmo de los políticos respecto a Albarracín. A primeros de enero de 1918, Manuel Mora escribía en un diario de la capital turolense sobre los verdaderos causantes de los males que afligían a la sierra de Albarracín: “…Unos por indolencia, otros por equivocación y los más por ignorancia, los verdaderamente causantes de cuantos males afligen a (la Sierra) somos nosotros mismos: los diputados y senadores (…) contribuyen con su negligencia y abandono a que no demos un sólo paso de avance en el camino del progreso; pero la causa ocasional, la fuerza impulsora que nos hace marchar hacia la ruina proviene de nosotros mismos…” Es decir, para Manuel Mora los culpables de esta situación no eran otros más que los propios habitantes de la sierra de Albarracín.

Ante la incapacidad manifiesta de los poderes públicos (administrativos, políticos y económicos) de ponerse de acuerdo sobre el tema de las infraestructuras en la Sierra, no solo no se consiguió sacar adelante el proyecto de la Sociedad Anónima de los Autos de Albarracín, sino que también quedó desierta la subasta del automóvil y el correo hasta el año 1921. Así pues durante todos esos años, un carro de dos ruedas continuó realizando el trayecto Teruel-Albarracín para trasladar la correspondencia. Manuel Mora Gaudó inició por su parte un último intento en el año 1920, cuando acudió a Madrid junto con una comisión nombrada por el ayuntamiento de Albarracín, con el objetivo de volver a tratar del tema del automóvil Teruel-Albarracín. Cansado ante las continuas inoperancias de la administración, la desidia de los políticos y la dejación de buena parte de la población de la Comunidad de Albarracín, dimitió de sus cargos y liquidó las cuentas de la Junta Gestora en el mes de septiembre de 1921. Precisamente, en el momento en el cual se hizo por fin realidad el transporte por automóvil de la correspondencia, aunque no en la forma de como había sido tratado en las asambleas celebradas en Albarracín años atrás. Estas reuniones dieron en definitiva, una muestra palpable de como el interés de ciertas personas por mejorar el nivel de vida de Albarracín y su Comunidad, no se correspondía con la realidad social y política de la población serrana afectada. Unos habitantes que se conformaban más con vivir el día a día, que a intuir o apreciar los posibles logros económico-sociales a largo plazo.

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LAS COMUNICACIONES EN LA SIERRA DE ALBARRACÍN A PRINCIPIOS DEL SIGLO XX

PEDRO SAZ PEREZ
(Historiador)

FUENTES

  • Artículo de Pedro Saz publicado en la revista Rehalda, número 1, Centro de Estudios de la Comunidad de Albarracín.
  • Fotografía: Camino de Calomarde, Archivo López Segura (CECAL).
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