Monterde, Invierno 1920 (II Capítulo)

El segundo capítulo de las historias que iniciamos en el anterior número (Ver la primera parte de esta narración), sigue el ritmo de las estaciones del año y las décadas sucesivas correspondiendo al invierno de 1920. El hilo conductor es una carta que Vicente Saz escribió en dichas fechas a su esposa Engracia Lahuerta desde la localidad de Úbeda (Jaén). La carta se ha trascrito tal y como fue redactada. Ahora bien, las elecciones que transcurren en esta historia ocurrieron en realidad el 1 de junio de 1919 y las hemos trasladado a la fecha del relato por nuestra conveniencia. Tuvo lugar otro proceso electoral el 19 de diciembre de 1920, pero el candidato fue elegido directamente sin necesidad de elección por ese motivo, no nos servían para esta historia. No obstante, los comportamientos electorales en aquella época eran tal y como se describen aunque cuesten de creer. El recorrido de los emigrantes y la situación en los pueblos era el mismo que se indica en el texto, aunque todos los personajes sean pura ficción, salvo el autor de la carta y su familia. Este relato pudo haber ocurrido perfectamente tal y como lo contamos a continuación.

MONTERDE, INVIERNO 1920

“Querida hesposa salud tendeseo en compañia denuestros que ridos padres y nuestro querido hijo y demas familia yo sigo bueno en compañia del tio Matias y demas compañeros G.A.D…”

De esta manera había comenzado Vicente el encabezamiento de la carta que escribía a su esposa. Apenas había ejecutado estas breves líneas, cuando Cecilio entró en la pequeña habitación donde escribía su compañero con un humeante plato de garbanzos en la mano. Vicente le dijo que lo dejara encima de la mesa que ya comería cuando acabara de escribir a su mujer.

“¿Qué pasa, ya tienes ganas de ver a tu familia?” -preguntó Cecilio-.

“La verdad es que sí” –aseguró firmemente convencido Vicente-. “Llevamos casi tres meses aquí y ya estoy cansado. Además, sólo he tenido dos cartas del pueblo. Esta será la tercera que le escribo a Engracia. La echo de menos, sabes” -concluyó-.

“Me lo imagino pero ten ánimo que ya nos queda poco. Y come o caerás enfermo” –le aconsejó Cecilio al tiempo que abría la puerta y se despedía de su paisano-.

Una vez que estuvo la puerta cerrada, Vicente dejó momentáneamente de escribir. El silencio se adueñó de la estancia y, por unos instantes, su único inquilino parecía como ausente, ensimismado, con la mente en blanco. Instintivamente, cogió la cuchara con la mano y mirando el plato de comida totalmente absorto, la introdujo en el mismo recogiendo los garbanzos para, una vez alzado el cubierto, dejarlo caer nuevamente al plato. Hizo esto en repetidas ocasiones, mientras por su mente pasaban en rápidas instantáneas los ajetreados momentos vividos durante los últimos meses. Luego, en un acto reflejo, dejó caer la cuchara al plato apartándolo hacia una esquina. Colocó ambos codos encima de la desvencijada mesa y se tapó con las manos la cara al tiempo que las desplazaba suavemente hacia su cabello acariciándolo. Después, anudó los dedos de ambas manos y, apoyando encima de ellos su barbilla, giró ligeramente la cabeza mirando a través de la ventana. Sus ojos buscaban un horizonte indefinido mientras recordaba, totalmente abstraído, los inicios de la aventura que lo había llevado a estas tierras.

Vicente era un joven de veintiséis años de edad, delgado, moreno, bien parecido y con un carácter algo melindroso. Lógica herencia de ser el hermano menor y al que sus dos hermanas mayores; Marta y Sebastiana, siempre habían acusado de ser el mimado de la familia. Se había casado recientemente con una hermosa dama llamada Engracia Lahuerta, mujer activa donde las hubiera y dueña y señora de los ojos más grandes y expresivos de todo el pueblo. Hacía pocos meses que habían tenido su primer hijo, lo cual les había colmado de felicidad y había hecho del pequeño Fausto el rey de la familia.

Vicente tenía un pariente llamado Matías que, durante los últimos años, había acudido a la cita anual de la emigración serrana a Andalucía durante los meses de invierno. Se trataba de un hombre de cincuenta y cinco años de edad, flaco, nervudo y con la tez morena, vamos, la apariencia típica de un habitante de la Sierra. Era un ferviente católico que no podía olvidar los años pasados durante su juventud en el Seminario. En el momento clave tuvo que irse al no encontrar en la religión la necesaria clarividencia que le permitiera seguir sus estudios. Se le consideraba una persona tradicional en el sentido amplio del término. De carácter serio, cuando había que serlo, seguía las bromas como pocos cuando la ocasión lo requería. Desde hacía cinco años tenía el cargo de maestro molinero. Como tal, era el encargado de una de las cuadrillas del pueblo que iban a la localidad de Úbeda, en la provincia de Jaén, a trabajar moliendo la aceituna. Este cargo le tenía absorbido desde que lo nombraron, y durante el mes de noviembre de cada año era incesante su actividad mientras conformaba su cuadrilla. A la llegada del otoño el encargado del molino, en esta localidad jienense, escribía al maestro y le emplazaba a trabajar con un número determinado de personas. Entonces Matías hablaba con la gente que él creía adecuada (por regla general las mismas del año anterior) para, una vez formalizado el grupo, escribir al encargado del molino concretando el sueldo y los días aproximados de faena. Para este año se había acordado un salario diario de seis reales por doce horas de trabajo, y acabarían a mediados de marzo aproximadamente. Era poco dinero, pero contando que trabajaban todos los días, sin descansar en los festivos, calculaba que aun sacarían para sus “paguicos”. Como quiera que la labor de la cuadrilla era prensar las aceitunas en los molinos de aceite, no podían acudir hasta que la cosecha estuviese ya iniciada. De esta manera, la conformidad sobre el empleo y la fecha de comienzo se la trasmitían por carta con casi un mes de antelación al día que tenían que estar en Úbeda. Y así, disponían del tiempo necesario para realizar todos los preparativos y hacer frente a los inconvenientes que pudieran sobrevenir. En esta ocasión, Matías había formalizado una cuadrilla de seis personas, de las cuales, dos eran la primera vez que realizaban el viaje. La fecha en que habían decidido partir hacia Andalucía era la del martes veintiuno de diciembre y, suponiendo que no tuviesen ningún percance, el día veintinueve estarían ya en Úbeda.

Esta era la primera vez que Vicente iba a Andalucía. Anteriormente ni tan siquiera se le había pasado por la imaginación el poder emigrar. Pero lo cierto es que en los meses de invierno la faena bajaba considerablemente en el pueblo, y para tener que haraganear no estaba de más el ir a ganarse unos duros allá donde hiciese falta. Además, los inviernos de Monterde eran especialmente duros. Ya no era únicamente por el frío que, dicho sea de paso, era considerable. A ello habría que añadir la sensación de soledad que se acentuaba hasta límites extremos como consecuencia de la emigración temporal, y que afectaba especialmente a los jóvenes. Algunas personas se iban de trashumantes con el ganado. Había también carboneros que emigraban con toda la familia durante casi medio año a varias masías situadas en las provincias de Soria, Logroño o Zaragoza. Y por último, el mayor número de emigrantes temporales eran los jornaleros que trabajaban en los molinos de aceite, fundamentalmente en Andalucía. Por todo ello, disminuían enormemente los varones del pueblo entre los veinte y los cincuenta años de edad. El abandono que se advertía en los pueblos junto a la falta de trabajo en el campo por el “parón” agrícola invernal, se le había hecho eterno a Vicente en los años anteriores. Estos tipos de emigración se daban también en el resto de las localidades de la Sierra. Una diáspora general que suponía una auténtica sangría humana para los pueblos. La importancia personal y social con que estaban conferidos los trabajos de carboneros y, sobre todo de molineros, era enorme a la hora de determinar sus oficios cuando conformaban los censos electorales. Los habitantes de los pueblos serranos preferían definirse así profesionalmente y no como labradores o jornaleros que, en realidad, era su trabajo básico durante el año.

Para confirmar el trabajo de Vicente, el tío Matías había hablado primeramente con sus progenitores y muy detenidamente con su padre Joaquín, antes de hacerlo con el propio Vicente (a pesar de estar casado y de tener incluso un hijo). Y lo había hecho de esa manera porque siempre se hacía así. Era la costumbre. Primero había de conseguirse el consentimiento del padre de la familia, pues resultaba capital para cualquier trabajo o cuestión que afectase a la vida de los hijos. Luego, éstos tenían la última palabra que por regla general, y salvo en muy contadas ocasiones, coincidía con la de los mayores. Este viaje también era el primero de Rafael que con sus casi veinte años era el benjamín de la cuadrilla. Y también en este caso el maestro tuvo que contar con su padre Cosme, más aún, si tenemos en cuenta que Rafael era soltero y vivía con ellos. Esta era una excelente ocasión de ayudar a la economía familiar y no la desaprovechó el muchacho por varios motivos.

El recuerdo que tenía Rafael del invierno durante los años anteriores no podía ser más desesperanzador. Su padre también emigraba durante esa estación como molinero y él se quedaba en la casa con su madre Enriqueta, los abuelos maternos y sus hermanos. Estos meses se le hacían eternos, sin nada que hacer cuando no estaba con su inseparable amigo Ernesto. A su memoria regresaba la estampa imborrable de su niñez, con la chimenea de su casa siempre encendida durante las largas tardes de invierno y todos apelotonados en la cocina al calor del hogar. Allí estaba el abuelo trajinando como su único ojo le permitía, pues el derecho lo perdió años atrás por culpa de unas gotas de cal que le salpicaron cuando estaba encalando la pared de su casa. Con sus dedos huesudos y temblorosos se arreglaba las albarcas o confeccionaba escobas como buenamente podía con unas ramitas de retama y un palo de sabina. Y la abuela tejiendo a duras penas o remendando alguna vieja toca. También su madre que, cuando no hacía calceta, zurcía las mudas descosidas de los hijos con la ayuda de alguno de los huevos de madera que hizo el abuelo en anteriores inviernos. Y por supuesto, él y su hermano pequeño, molestando sin cesar a los mayores hasta conseguir su preciado tesoro. Cuando sus estómagos no podían soportar por más tiempo los continuos retortijones del hambre su madre, por no oírles, les daba alguna que otra patata. Y ellos, echándolas a la lumbre, no cesaban de tantearlas con un tizón de las brasas para ver cuándo blandeaban y poder hincarles el diente. De esta manera, jugueteando, se pasaban el resto de la tarde hasta que por fin conseguían su premio y aliviaban sus atormentados estómagos. Y así pasaban los días, uno tras otro. Definitivamente, Rafael aborrecía el invierno encerrado en casa y prefería liberarse aunque fuera bregando en tierras lejanas. Casi se puede decir que soñaba con trabajar de molinero y salir del pueblo. Como todos los jóvenes prefería la aventura por peligrosa que fuera.

El viaje a Úbeda lo podían haber iniciado con algunos días de antelación, pero Matías sabía perfectamente que lo mejor para él y su gente era el realizarlo después de la elecciones que se iban a celebrar el día diecinueve de diciembre y no antes. Iban a ir un poco justos de tiempo si surgía algún contratiempo, pero merecía la pena arriesgarse. El motivo era muy simple. El Barón de Velasco era el dueño de buena parte de los molinos donde iban los serranos a trabajar en el invierno, entre ellos, los de Úbeda. Este personaje era además el diputado elegido por el distrito de Albarracín desde hacía diez años. ¡Qué mejor motivo! Si se quedaban a las elecciones, el señor Barón tendría constancia, a través de su delegado en el pueblo, del interés de Matías en servirle por lo que el trabajo de invierno en los años posteriores se consolidaría. Además, estaba el hecho que en ocasiones anteriores incluso les habían pagado un duro por votar.

-“Total” –pensaba Matías- “por meter una papeleta en la urna nos darán vino seguro y quizás hasta dinero. Menuda juerga se podrán liar los compañeros en la taberna. No vendrá nada mal que antes de iniciar el viaje tenga la cuadrilla una buena fiesta. Luego ya tendrán tiempo de echarla de menos durante el trabajo de invierno”.

Llegado el día de las elecciones se palpaba un aire de cierto movimiento en el pueblo a pesar de sus escasos medio millar de habitantes. El ajetreo de las gentes en las calles era constante una vez finalizada la misa. En la plaza de la localidad se multiplicaban los corrillos alrededor de los cuales pululaba siempre algún señor venido de Teruel o de Albarracín que pedía a la gente el voto para una determinada persona. Pero, no sólo demandaban el sufragio esos forasteros, las propias autoridades de la localidad mantenían durante las elecciones una labor que resultaba determinante para el resultado final.

Una de las personas más activas durante estos acontecimientos en Monterde de Albarracín era el secretario del ayuntamiento don Ramón Sánchez. Este funcionario tenía un ascendiente notable entre las gentes del pueblo, y en las vísperas de las contiendas electorales siempre realizaba reuniones o acudía a ver a personas a las que pretendía influenciar en la orientación del voto. Y sobre todo, buscaba aquellas que le debían algún favor en contraprestación a lo realizado por él a través de su cargo de secretario. No se le conocía simpatía por ningún partido político, pero cuando el Gobierno de turno convocaba un proceso electoral, él se preparaba a fondo para cumplir con las órdenes que venían desde Teruel. En las vísperas de las elecciones a Diputados acudía junto al alcalde del pueblo y el resto de los regidores del distrito de Albarracín a la llamada del Gobernador Civil de Teruel. En esa reunión se tenía en cuenta las directrices emanadas desde el Ministerio de la Gobernación en Madrid, en el caso que algún aspirante a diputado hubiera sido encasillado por el Gobierno. Esto quería decir que ese aspirante tenía que salir elegido diputado, dando igual la forma en conseguirlo, algo que se lograba casi siempre.

Era la época de la alternancia política “obligatoria” entre los dos grandes partidos. Un cambio forzoso que llevaba a las personas más influyentes de los municipios a solicitar el voto un año para el candidato conservador, y en las siguientes elecciones al liberal, según fuera las disposiciones gubernamentales. Y en los pueblos como Monterde de Albarracín, sus habitantes no entendían en absoluto el empeño del alcalde de turno o del secretario en manifestarse a favor de un candidato, y en las elecciones siguientes al contrario. Por ello, la política la veían distante y pensaban que no les afectaba en absoluto, que daba igual quien mandara, pues ellos acababan siendo meros comparsas de unos procesos electorales que además no entendían. Más aún, la jornada electoral era motivo de juerga y alegría pero por un motivo puramente crematístico. Cuando había elecciones, los candidatos solían pagar a veces por el voto individual e incluso había ocasiones donde se llegaban a hacer subastas por los censos enteros en algunos pueblos. Y el colmo tenía lugar cuando llegaban a votar incluso los residentes perpetuos del cementerio. Tal era la corrupción electoral que, en las primeras elecciones que se presentó el Barón de Velasco en 1910, las actas del distrito de Albarracín fueron elevadas al Tribunal Supremo. La resolución de dicho estamento fue darlas por válidas –el Barón era el candidato encasillado- a pesar de quedar probado la amplia gama de corruptelas llevadas a cabo por él y su oponente Justino Bernad. Con todos estos precedentes, quedaba claro que los confiados habitantes de la Sierra de Albarracín estaban a merced de los “depredadores” del voto y no llegaban a valorar, ni mucho menos, la importancia y el sesgo revolucionario que representaba votar a quien se quisiera libremente.

El ritual de las elecciones en Monterde de Albarracín, como ya venía ocurriendo desde hacía unos años, llevaba su tiempo. Normalmente, parte de la gente se hacía bastante de rogar bien fuese por ignorancia sobre lo que se trataba, o por el carácter algo remiso tan propio de los habitantes de la Sierra. Ante esta actitud, las presiones constantes de tipo familiar, laboral, personal o incluso religiosa era norma corriente. Y en el peor de los casos, una moneda de plata siempre hacía reconvenir a los más reticentes. Daba igual votar a quien fuera. Lo verdaderamente importante era que cada año que pasaba resultaba más evidente la teatralidad del día de las elecciones en el pueblo. Una persona buscando votantes para su jefe. Y algunos electores, no dispuestos en principio a votar, remilgando todo lo posible para intentar conseguir cuanto más dinero mejor.

Este año la campaña electoral estaba muy reñida entre dos aspirantes que disponían de un excelente respaldo económico. En un principio, a ninguno de los candidatos les interesaba que finalmente tuvieran lugar las elecciones. Por eso, si tenían la fuerza política suficiente, lograban que en Madrid los encasillaran en sus distritos –que eran uninominales como el de Albarracín- y que no se presentara otro candidato alternativo. De esta manera, al ser uno sólo el candidato presentado por esa circunscripción electoral, ya no era necesaria la elección y quedaba automáticamente elegido. Y lo que resultaba más importante, no tenía que hacer frente a un desembolso económico extraordinario (publicidad en los periódicos, dávidas diversas y sobre todo la compra de votos) para conseguir el acta de diputado. El Barón lo había conseguido así en las elecciones de 1914, pero en esta ocasión le había salido un serio competidor. Se trataba de un aspirante del partido Conservador, el marqués de Castejón, que asimismo disponía de un patrimonio considerable. Reñida estuvo la ocasión en los pueblos de la Sierra entre los delegados de ambos candidatos, del que salió favorecido el Barón de Velasco que daba algo más de dinero y cuyos representantes se esforzaron todavía más incluyendo ciertos regalos. De esta manera, la compra quedó finalmente pactada en Monterde con cinco duros para la cuadrilla de Matías (uno por persona) además de una garrafa de vino y sardinas saladas que les regaló como propina el representante del Barón. No estaba nada mal para ser la primera vez que votaba Vicente. El resto de la cuadrilla ya era veterana en eso de las elecciones, pero para nuestro hombre ese día empezaba con buen pie. También era un día especial para Rafael, no tanto por las votaciones, pues no tenía todavía la edad para hacerlo (era a partir de los veinticinco años y sólo los varones) sino que iba a realizar su primera juerga con personas mayores.

El dueño de la abacería del pueblo era el delegado del Barón en el municipio. Él mismo, después de apalabrar los votos de la cuadrilla, les acompañó al colegio electoral dándoles las papeletas para votar y quedándose con ellos vigilando que lo hicieran correctamente. Cuando hubieron votado todos, se los llevó a su tienda y les entregó lo pactado. Una de las principales consecuencias que traía consigo el día de las elecciones en Monterde era el aumento de las discusiones que se producían entre los matrimonios. Siempre en el supuesto caso, como ocurrió ese año, que hubiese dinero de por medio. Las broncas entre los cónyuges eran norma corriente entre las parejas jóvenes. Sin embargo, otros, los más mayores, aprovechaban el óbolo electoral para comprar cosas necesarias para la casa o lo entregaban a sus esposas a fin de que dispusieran gastarlo en lo que mejor les pareciese.

Ese día lo recordaría siempre Vicente. Lo primero, porque tuvo lugar la primera discusión de importancia con su mujer. Lo segundo, por la merluza descomunal que agarró junto a sus compañeros. Y por último, la parranda organizada por su cuadrilla esa noche, la cual dio que hablar y fue recordada en años sucesivos. Pensaba en todo ello y no pudo reprimir una amplia sonrisa. Ciertamente no era para menos. Cogió el plumín y continuó la citación de las excusas en su carta.

“…Querida hesposa lapresente sirbe losiguiente. Latardanza deno aberte escrito antes asido por el motibo deque como estubo aqui Mariano y ledije lo que habia poseso notiescrito antes y como hestaba esperando carta demi padre poseso no tescrito antes…”

No se concentraba en lo que estaba escribiendo. Sólo los recuerdos de aquella juerga le excitaban sobremanera. Por ello dejó momentáneamente de escribir y continuó pensando en aquel famoso día…

Estando en la taberna del pueblo decidió su cuadrilla que algo habría de hacerse esa noche para celebrar los aguinaldos recibidos. Después de deliberar, apostaron que tenían que cenar y para ello era necesario robar algunos conejos. Pensaron a quién quitárselos y decidieron que serían del dueño de la abacería, hombre como hemos dicho muy ocupado ese día. Así pues, acudieron todos juntos a la paridera donde tenía los animales de la casa el personaje en cuestión. Lo echaron a suertes con una “morra” a baja voz que dio como perdedores a Vicente y Rafael, curiosamente los más jóvenes y pardillos de la cuadrilla. Saltaron los dos amigos por el muro de la paridera y una vez dentro buscaron el candil que guardaba el propietario en la pared del cobertizo. Ya puestos en la labor, eligieron tres conejos procurando fuesen de un pelaje común, entre la numerosa camada, a fin de no levantar sospechas y que no notaran su ausencia. Allí mismo en el cobertizo junto a la leñera los desnucaron para que no llamaran la atención sus chillidos. Acudieron luego a las proximidades de la “Cueva del Gato” y los despellejaron y limpiaron evitando de esta manera el dejar rastros cerca del pueblo. Luego, Rafael se llevó las pieles a su casa por su condición de soltero y no tener que dar muchas explicaciones. Más tarde, fueron a la taberna y dándole los conejos a la mujer del dueño le encargaron que los friera para cenar. Esta no se extrañó del envite, pues era normal en las juergas que se hacían en el pueblo cocinar para celebrar lo que fuera y en un día de elecciones había dinero y ganas de divertirse. Siguieron bebiendo y comiendo las sardinas saladas que les dieron por votar en la bodega del abacero. Y una vez que tuvieron guisados los conejos, se acomodaron en una pequeña estancia de la tienda que hacía las veces de improvisado comedor. Entonces entró en la taberna el delegado del Barón dueño de la abacería y de los finados conejos. Palidecieron los amigos de Vicente pero Matías experto en lides parecidas le echó cara al asunto y con algo de sangre fría se dirigió a él (que no tenía ni idea de lo que había ocurrido) invitándolo a cenar con ellos.

“Buena pinta tiene el conejo al ajillo” -exclamó el delegado- “acepto la invitación pero antes quiero que hagamos un trato. Como veo que casi no os queda vino de la garrafa que os he dado por los votos me dais las pieles de esos conejos y yo a cambio os traeré una jarra de vino y una botella de anís”.

“De acuerdo” -exclamaron al unísono los amigos mientras Rafael se levantaba raudo para ir a recoger las pieles-. “Tráenos el vino y cenaremos”.

Así lo hizo el burlado abacero con lo que la cena de esa noche fue corrillo de murmullos, risas, chanzas y cantos. Al finalizar la madrugada, grandes charcos de vómitos quedaron visibles en el pajar donde habían marchado a resguardarse del frío invernal la cuadrilla del maestro Matías. Dando fe con ello de la innegable huella de los excesos que tuvieron lugar en la mencionada noche. Al día siguiente, cuando la mujer del delegado del Barón se dio cuenta de lo ocurrido, lo comunicó a su marido. Éste al conocer la noticia prefirió silenciarla y no encararse con ellos antes que volver a pasar por más mofa de la que ya había padecido. No obstante, fue tan celebrada la burla de la cuadrilla de molineros que a partir de entonces el dueño de la abacería fue conocido como el “Tío Conejos”. Apodo que conservó su familia hasta hoy en día. Ya tendría tiempo de sobra para vengarse el señor abacero. Y a fe que lo consiguió pocos años más tarde cuando en otra juerga parecida en la que iban cuatro de la antigua cuadrilla con una cogorza de campeonato les cocinó literalmente gato por liebre. Sólo le creyeron cuando al día siguiente les enseñó la piel del animal y para más recochineo, durante una temporada, cada vez que los veía les maullaba.

Algo más animado gracias a los viejos recuerdos Vicente cogió entre sus manos el plumín y continuó escribiendo la carta a su mujer. Le contaba las novedades más importantes que había tenido en los últimos días demandándole al mismo tiempo noticias de la tierra y la labranza.

“…Tanbien tedigo que el dia 21 salio el aceite de aqui y debo decirte que si hen caso fuera antes queyo pues ahi sus mando los numeros de los Cajones para que los recojais en caso de que bayan antes que supongo que hiran. Y tambien tedigo que con esta fecha escribe el tio Matias mandandole hel talon de lafactura ha Daniel.

Tambien tedigo que para casa hosea para hel gasto decasa mando dos Cajones por sea caso hotro año nobengo ahestatierra los numeros 48 y 49 y 50 son para mi padre y parami el Nº cincuenta soloqueda is para nosotros que mando una llata mui maja para tener el aceite en casa. Y de las hotras dos mi padre que coja laque quiera.

Engracia yame diras siabis sembrado los tardios y sino cuando bayayo los sembrare que mafalta poco y tengo muchas ganas deirme desta tiera queya no puedo pasar las migas ni los garbanzos asies que todo mas que mequedan 15 dias que para el seis o el hocho terminamos sidios nos da salud…”

Una vez hubo escrito lo más importante volvió a relajarse Vicente insistiendo en el recuerdo sobre los acontecimientos que tuvieron lugar durante el viaje a Andalucía. La víspera de la partida estuvo centrada en los preparativos propios de la marcha. Cada uno de los miembros de la cuadrilla llevaba un hato con ropa. Además, sus mujeres les prepararon paquetes con diferentes vituallas para consumir durante el camino. El viaje a la localidad de Úbeda era largo y pesado. Buena parte de las cuadrillas que se desplazaban a Andalucía lo hacían andando a través de caminos y veredas durante ocho jornadas pernoctando en siete localidades. Ello si las inclemencias del tiempo no obraban en su contra, cosa que ocurría en algunas ocasiones dada la época del año en que realizaban el viaje. Paraban por las noches a descansar y cenar caliente normalmente en las mismas posadas año tras año caminando sin parar durante el resto del día. Hacían solamente un alto en el camino para comer en el lugar que les apeteciera. Dos mulas sobre las que depositaban los utensilios de cocina y los paquetes más pesados era la única ayuda que les permitía aligerar las pesadas caminatas. Y una vez en su destino utilizaban las acémilas para mover el rulo de moler con lo que sus propietarios obtenían más ganancias. El largo camino les proporcionaba a los molineros monterdinos la oportunidad de conocer otras tierras de costumbres y paisajes tan distintos que parecían pertenecer a mundos diferentes. También posibilitaba el poder entablar largas conversaciones difíciles de efectuar en la vida cotidiana del pueblo.

Durante los primeros días del viaje uno de los componentes de la cuadrilla de nombre Cipriano se mostraba más serio que de costumbre. Desde que salieron de la primera parada en el municipio de Toril y Masegoso estaba poco hablador. Las siguientes etapas hacia Pajaroncillo y Gabaldón, ya en la provincia de Cuenca, se le veía algo decaído incluso a veces ensimismado, absorto por completo en sus meditaciones. Este hombre de treinta y cinco años de edad estaba casado y tenía cuatro hijos. Trabajaba en el pueblo como jornalero y albañil ocasional pues las tierras que tenía eran tan pocas que no le alcanzaban para mantener a su familia ni a la exigua cabaña de su hacienda. El día de las elecciones ya se había dado cuenta Vicente de algo extraño pues lo encontraba raro y distante. Incluso al principio de la parranda era el más retraído de todos. Solamente cuando el alcohol empezó a hacer efecto fue cuando definitivamente se integró en la juerga.

Al cuarto día del viaje salieron de la localidad conquense de Gabaldón para dirigirse a Casas de Haro. A media mañana hicieron un alto en el camino para almorzar en un paraje situado entre las riberas de san Hermenegildo y san Benito, cercanas al río Júcar que fluía encajonado por aquel contorno. El paisaje era precioso pues existía un pequeño prado que estaba situado en el recorrido de una vereda local y disponía de una fuente en uno de sus extremos que surtía de agua a varios gamellones. Cipriano abrió su paquete de comida y extrajo un trozo de frito de cerdo y algo de somarro, recogió el cantero de pan que le ofreció Cecilio y se apartó del grupo. Buscó el lugar más apropiado y encontró acomodo sobre una laja de ródeno en un pequeño promontorio situado muy cerca de la fuente. Matías no veía con buenos ojos el comportamiento de Cipriano durante el viaje por lo que le increpó su actitud de separarse del resto y le preguntó si le ocurría algo.

“Nada maestro” –se defendió Cipriano- “Aquí estoy mejor”.

Sin embargo, Matías sí tenía motivos para preocuparse pues era consciente que ellos tenían que formar una auténtica piña. En el trabajo diario a realizar en el molino con dos turnos de doce horas resultaba de vital importancia que existiese una auténtica compenetración entre los miembros de la cuadrilla. Por todo ello, aunque no le gustase, tenía que meterse literalmente “en camisa de once varas” y evitar complicaciones entre los compañeros para que todo fuese perfecto. Insistió el maestro demandándole que depusiera su actitud y contara los problemas –si es que los tenía- que aparentemente le estaban apartando del resto de la cuadrilla.

“Ya le dije que no era nada. Me gusta comer solo” –insistió Cipriano-.

A sus palabras siguió un murmullo de desaprobación entre sus compañeros pues intuían que algo le ocurría en realidad. Meditó durante un rato Cipriano cabizbajo sintiendo todas las miradas sobre su persona y finalmente se decidió a hablar.

“Bueno si queréis que os diga la verdad no estoy enfadado pero ocurre que hace tiempo le voy dando vueltas a algo que me ha dejado mal cuerpo” –y mirando a sus compañeros les preguntó- “¿No tenéis ningún remordimiento por todo lo ocurrido el día de las elecciones?”

“¡Venga ya hombre!” -espetó Cecilio riendo-. “No me digas que te da pena la broma que le hicimos al “Tío Conejos” -rieron todos mirando a Cipriano-.

“No es eso, no. Bueno, pena sí que tengo pero no del “Tío Conejos” sino por algo que hicimos también todos nosotros”. Callaron las risas y miraron detenidamente a Cipriano. -Éste prosiguió- “Me parece que hicimos mal actuando como lo hicimos en las elecciones”. Hizo luego una breve pausa como para intentar reordenar sus ideas y continuó diciendo. “No me parece bien que votáramos al Barón por dinero. ¿Qué sentido tiene que tengamos que votar por la persona que más pesetas nos da? Hace dos años yo os recuerdo que alguno de nosotros votó a Cristóbal Botella sólo porque ofrecía su delegado más dinero. Nos traía al pairo que éste fuera integrista y el Barón liberal, sólo nos movía la condenada plata. ¿Por qué hacemos esto? ¿Qué sentido tiene que no valoremos otras cosas? Yo he tomado una firme decisión y la siguiente vez que vaya a votar lo haré a quien crea que lo haga mejor no al más rico que se presente”.

-“Escucha Cipriano me parece muy bien que hagas con tu vida lo que te de la real gana pero eso ¿que diantre tiene que ver con todos nosotros?” –dijo Matías- algo desconcertado por lo que estaba oyendo.

-¿Pero es que no os dais cuenta que todo en esta vida está relacionado?” –continuó Cipriano-. Los ricos mandan y nosotros obedecemos y para que ellos nos sigan mandando incluso aceptamos el dinero que nos dan. Es de locos pero si pagan por conseguir el poder ¿Cuánto sacarán cuando lleguen a él? Mirad si nosotros vivimos igual durante toda nuestra vida y los ricos son siempre los que ordenan ¿por qué no intentamos cambiar un poco la existencia que llevamos? Todos los inviernos nos tenemos que ir del pueblo para ganar unas perras y poder malvivir el resto del año y ¿por qué? ¡Porque los que mandan tienen el poder y no nos dejan más opción para poder sobrevivir! No os acordáis ya del robo de las cinco navas de la Sierra por el abuelo del “tío Chalecos” o que en el pueblo dan trabajo sólo al que se pliega a los caprichos del amo. Todo son estrofas de la misma canción y yo creo que desafina. Pienso que hay que hacer algo”.

“¿Donde quieres ir a parar? ¿No querrás que nos dediquemos a robar?” -Terció Cecilio con cierta suficiencia-.

“Déjalo seguir” -le increparon al unísono Rafael y el tío Matías-. Aunque este último ya estaba algo mosqueado por lo que estaba oyendo.

“No se trata de eso” -replicó Cipriano-. “Vosotros sabéis que cuando trabajo de albañil tengo que ir a veces a Teruel o a Cella por material. Pues bien estuve hace poco en casa del “tío Castelar” en Cella y después de darme el pedido me dijo que lo acompañara a la Sociedad a beber algo. Yo no sabía que era aquello y mientras nos acercábamos al local me iba comentando que un grupo de personas del pueblo se habían juntado y entre ellos habían edificado un casino republicano. Todos habían trabajado codo con codo sin cobrar nada a cambio. Los sábados y sobre todo los domingos o cuando tenían tiempo se acercaban al local y ayudaban en lo que podían. Funcionaba el casino desde hacía casi dos años. Además de café y licores había una sala con una biblioteca y algunas personas mayores estaban aprendiendo a leer y escribir. A menudo iba alguna personalidad republicana de Teruel a hablar de cosas de política. Otras veces los oradores eran gentes de un sindicato socialista. Sabéis vosotros que a mí la política nunca me ha gustado y siempre pensé que todos los políticos eran iguales. Pero el tío Castelar me invitó a su casa a comer ese sábado y luego a la conferencia que daba un dirigente socialista llamado José Millán en el casino republicano. No me pude negar. Fui y la verdad es que tenía toda la razón del mundo en lo que decía. Os digo esto porque también he asistido en nuestro pueblo a la conferencia que dio el cura y aquellos señoritos que vinieron de Teruel. Acordaros, ésa que hizo sobre la conveniencia de fundar un sindicato católico… Y por lo tanto, puedo ver la diferencia que hay entre unos y otros. Por eso me avergüenzo de haber votado el domingo y más aún de haberlo hecho por dinero. No tenía…”

“¡Basta de sandeces. Te he dejado hablar para ver hasta donde llegabas pero no sabía que fueses un revolucionario!” -gritó furioso Matías- al tiempo que arrojaba al suelo la calabaza de agua.

“¡No lo soy!” –se defendió Cipriano- bajándose del promontorio y acercándose a sus compañeros mientras éstos se levantaban del suelo dejando de comer ante el cariz que estaba tomando los acontecimientos.

-“Pues si no eres revolucionario lo aparentas” –gritó exasperado Matías-. “Escúchame bien. Dios creó a los hombres para que cada uno actuara de acuerdo a un orden natural. Hay gente destinada a pensar y mandar. Otros en cambio tienen que trabajar y obedecer. Es así y no podemos remediarlo. ¿Cómo puedes decir esa sarta de tonterías cuando gracias al Barón vas a ganar dinero con el que mantendrás a toda tu familia?”

“Trabajo y sudor me cuesta. Nadie me regala nada” –dijo Cipriano alzando la voz-. “El tema es otro” –continuó- “si otorgamos nuestra confianza al Barón y en las elecciones le votamos, decidme ¿que hace él por nosotros?” –preguntó a los allí reunidos-.

“¡Nos da dinero y trabajo!” -Dijo Cecilio reincorporándose a la disputa-.

“No se trata de eso hombre pero es que no lo veis claro…” –se defendió Cipriano sin poder finalizar sus argumentos-

“¡Basta ya de parloteo!” –Cortó nuevamente Matías-. “Si sabías eso ¿por qué te viniste con nosotros?”

“Porque me hacía falta el dinero” –respondió Cipriano-.

“Pues entonces acepta las cosas como son. Y sobre todo, no pretendas ir contra la voluntad del Señor que ha dispuesto en esta vida a cada uno en su sitio” -sentenció el maestro-. “Mira si piensas así estás equivocado, pero a mi me da igual. Lo que no quiero de ninguna de las maneras es que hagas algo que nos pueda afectar a los demás. Como puedes ver nadie más piensa así. ¡Allá tú! Pero mientras vengas conmigo harás lo que yo diga y si no estás de acuerdo coges tus bártulos te vuelves a casa y en paz. Piénsatelo pero si vienes con nosotros no quiero que tercies palabra de lo que has comentado aquí con nadie, me entiendes ¡con nadie!”

Y dirigiéndose al resto de la cuadrilla -les dijo- “Ahora todos a acabar de almorzar. Nos queda mucho viaje por delante y hay que recomponer las fuerzas”.

Cipriano cabizbajo subió al pequeño promontorio y tornó a sentarse en la laja de ródeno pero no comió. Se quedó pensando largamente y después de sopesar la decisión de Matías decidió seguir con la cuadrilla a pesar que la contrapartida era el silencio. Su mundo interior oscilaba entre la rabia por lo ocurrido y la certeza de sus convicciones. Vicente y Rafael habían asistido a la discusión como meros espectadores. Simpatizaban tanto con el tío Matías como con Cipriano pero lo que había comentado este último los había dejado pensativos. Eran los más jóvenes de la cuadrilla y estaban en una edad de cuestionamiento continuo cuando no rebeldía por las cosas que no veían claras. En las siguientes etapas hacia El Bonillo y Albadalejo no comentaron nada de lo ocurrido ni entre ellos. Pero cuando acudían hacia Aldeas de Montizón y enfilaban el último tramo del camino a Úbeda cambiaron impresiones sobre lo que había comentado Cipriano. Sólo la presencia siempre vigilante del maestro Matías les hizo desistir de realizar nuevos comentarios. Una vez llegaron a su destino, el trabajo continuo de los primeros días propició que se olvidaran momentáneamente del asunto. Y aunque los dos amigos siempre estuvieron dispuestos a seguir conversando con Cipriano sobre lo acontecido durante ese día, éste prefirió callar por la palabra que había dado. A pesar del pactado silencio sí les prometió en cambio que una vez estuvieran de vuelta en el pueblo ya hablarían largo y tendido de todo ello. Así quedaron.

Y lo que nadie de la cuadrilla podía ni remotamente pensar tuvo lugar a primeros de enero. Un día apareció por el molino sin previo aviso su dueño Fernando Ruano más conocido como el Barón de Velasco junto a un séquito de sirvientes y compadres aduladores. Vicente no lo conocía personalmente pero sí Matías que al verlo se acercó hacia el Barón con la boina entre las manos y ligeramente encorvado. Aunque hay que decir que esa inclinación se debía más a una actitud sumisa y rastrera hacia el “amo” que una consecuencia del esfuerzo diario con los pesados cofines. Conforme se acercaba a saludar a don Fernando comprobó estupefacto que éste no le hacía ni puñetero caso. Tan sólo pudo gozar de una mirada sesgada del aristócrata que Matías se empeñó en interpretar como un saludo. Mientras, el Barón y sus acólitos caminaban decididos hacia un pequeño cuarto que hacía las veces de oficina del capataz del molino. A pesar del menosprecio de don Fernando, el maestro monterdino decidió permanecer en las proximidades del grupo. Allí seguiría para lo que ordenara el Barón aunque de momento lo ignoraba como a un bellaco. Matías cada vez más confundido y pasmado casi no daba crédito a lo que estaba empezando a oír en la conversación que mantenían el dueño del molino y su secretario.

“¿Dónde está la cuadrilla de Gea que quiero hablar con ellos? –Preguntó el amo-.

“Allí” –respondió el capataz- “Son el grupo que están cargando las tolvas”.

“Pues diles que paren los rulos y vengan aquí que quiero hablar con ellos” –ordenó el Barón-.

Al momento se acercaron los geanos con su maestro al frente y descubriéndose todos saludaron al grupo. Miraron detenidamente a la persona que les había llamado la cual destacaba por su porte distinguido, mediana estatura, bigote con mostacho puntiagudo y cabeza redonda cubierta con un sombrero de fieltro. Era el Barón de Velasco que situado en el centro de los visitantes dirigía claramente el cotarro.

“Así que vosotros sois los de Gea” –dijo-, dirigiéndose a los tres jornaleros andrajosos con una medio sonrisa. Éstos sujetaban inquietos las boinas entre las manos y las tenían mareadas de tanto darles la vuelta pues no acertaban que hacer con ellas-. “¿Me conocéis?” –preguntó-

“Sí” –respondieron al unísono-

“¿Os tratan bien en mi fábrica? Si no es así decírmelo”. Y casi sin darles tiempo a responder comenzó a hablar sobre las bondades del trabajo. Dejó entrever, casi desde el primer instante, las grandes dotes de caridad cristiana que poseía pues gracias a él sus trabajadores mantenían a sus familias. El discurso siguió también por otros derroteros más lamineros haciendo glosas sobre la hombría de los serranos y en especial los de Gea con lo trabajadores, buenos, honrados y cristianos que eran. Todo ello en medio de un tufillo empalagoso que, sin embargo, embelesaba los oídos de los geanos. Casi un cuarto de hora estuvo allí hablándoles con un tono excesivamente amigable ante el asombro y la perplejidad de los allí presentes. Y no digamos del maestro Matías relegado al ostracismo sin saber por qué y no entendiendo ni pizca que se estaba guisando en aquel cocido. Sin embargo, su pasmo todavía aumentó cuando el dueño del molino tras despedirse de los jornaleros salió rodeado de sus fervientes servidores y atinó a escuchar la conversación entre el Barón de Velasco y su escribano.

“Don Fernando” –dijo su secretario- “no entiendo en absoluto lo que acaba de hacer con esa gente. ¿Por qué ha estado tan dispuesto y condescendiente con los geanos si en Albarracín son los que menos le votan y sin embargo, con la cuadrilla de Matías que son sus amigos y harían lo que fuera por usted, los ha ignorado por completo?”

“Pues precisamente por eso ¡pardiez! –Dijo el Barón mientras le cogía del brazo zarandeándoselo como para hacerle comprender mejor sus argumentos- Los de Monterde los tengo en el bote y en todas las elecciones me lo demuestran aunque sus dineros me cuesta. Sin embargo, los de Gea me los tengo que ganar y buena cosa es regalarles los oídos. Déjalos, ya caerán, ya”.

Y así, en medio de unas risas complacientes, salió el grupo del molino con el Barón de Velasco a la cabeza. Éste últimamente se encontraba muy satisfecho pues había vuelto a salir elegido diputado por Albarracín. Las únicas pegas venían por la actitud de los bancos en las vísperas electorales, pues cada año le costaba más conseguir una cierta liquidez para hacer frente a la “campaña electoral”, a pesar del respaldo económico que poseía. Don Fernando Ruano –que por cierto, aún no lo hemos dicho, se definía como demócrata y pertenecía al partido Liberal- prefería seguir últimamente unas tácticas más sutiles, pero no por ello menos efectivas. Si había que prometer algo a los electores se prometía lo que hiciera falta y un poco más. Si era necesario halagar se halagaba incluso en superlativo. En definitiva, si con lisonjas o buenas palabras lograba ahorrarse dinero y conseguía los votos necesarios, pues miel sobre hojuelas. El Barón de Velasco era muy listo y sabía lo que hacia.

Ya había pasado más de un mes desde la visita del diputado. El menosprecio que padeció Matías había activado los recuerdos de Vicente y Rafael sobre los sucesos del famoso almuerzo con Cipriano en la ribera del Júcar. Éste último no estaba presente el día de la visita del Barón pero una vez enterado no quiso hacer leña del árbol caído y se negó a hablar del tema con el maestro. Las tripas de Vicente comenzaron a darle señales de que algo no funcionaba correctamente. Pensó que los garbanzos se le estaban enfriando y decidió que ya era hora de comer. El ágape fue rápido pero ya estaba tranquilo. La carta casi la tenía terminada así es que pensó que merecía la pena un último esfuerzo pues se encontraba en el tramo final. Luego aún le quedaría dos horas más de descanso y tendría que volver de nuevo al tajo colocando los dichosos cofines de esparto en las prensas. Menos mal que ya quedaba poco que si no…

“Engracia yame diras se cieres quetemande jabon ago cuentas demandarte 2 arobas site parece bien y sino ninguna. Y no se sicomprar un Carolifero tambien pero meboi agastar todos dineros y luego nos aranfalta. Tambien me diras que lede comprar a Fausto que me acuerdo mucho del.

Tanbién tedigo que me contestes deseguida por si tes cribo otra antes deirnos pero yasabis para cuando termina mos dia ariba dia abajo y remos con el tio Jose Machuca hasies que me mandas adecir todo cuanto cieras y pase por hesta poblacion.

Notubiendo mas que decirte ya les daras mis recuerdos atus padres y toda lafamilia engeneral y un abraco para Fausto y tu recibes todo cuanto cieras deste tuesposo que nunca teolbida y berte desea”.

Con salud

Vicente Saz.

Autor:  Pedro Saz Pérez, Doctor en Historia por la Universidad de Valencia y miembro de CECAL.

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