Monterde, Primavera 1930 (III Capítulo)

En esta ocasión, la tercera de las historias que vamos a publicar sigue el orden cronológico iniciado en los dos primeros capítulos (Monterde, Otoño 1910Monterde, Invierno 1920) y hace referencia a la primavera del año 1930. La protagonista es una persona que realmente existió y muchas de sus experiencias vitales le fueron contadas al autor de estas líneas, que las ha trasladado al texto que sigue a continuación. El trazo argumental del relato se vio enriquecido gracias a las aportaciones realizadas también por otros miembros de dicha familia. La acción sucede en la masía de La Golleta situada en el término municipal de Gea de Albarracín, aunque la familia es originaria de Monterde. Hemos cambiado los nombres de los protagonistas para evitar posibles suspicacias. A través de sus vivencias comprobaremos, en esta ocasión, las dificultades para abrirse paso de una familia muy pobre y numerosa junto a su vida diaria en la Sierra. Por otra parte, algunos retazos de esta historia son figurados con el objeto de conseguir una línea argumental adecuada.

PRIMAVERA 1930

No había cantado aún el gallo cuando Concepción y Segismundo se levantaron de la cama. La mujer encendió el candil y marchó rauda a despertar a sus dos hijas mayores para, con posteridad, bajar a la cocina a preparar el almuerzo del marido. Éste, por su parte, había vaciado el contenido de un balde de agua en la palangana del lavabo y procedió a su aseo personal. Una vez finalizado el mismo, bajó a la cocina donde su esposa había acabado de cocinar los almuerzos de su prole y se disponía a preparar un pequeño paquete que debía llevar a su hijastro en la ciudad de Teruel. Antes de envolverlo, también incorporó una carta que había dictado Segismundo (pues era analfabeto) a su hija mayor durante la pasada noche.

No tardaron mucho tiempo en bajar las hijas mayores de diecisiete y dieciséis años de edad y se juntaron en la cocina con el primogénito de la familia que, con sus diecinueve años, también tenía una ardua faena por realizar durante esa mañana. Desayunaron junto a sus padres unos buenos tazones de leche con torta cocinada en el horno casero. Y una vez finalizado, procedió cada uno de ellos a sus cometidos diarios. Segismundo salió hacia la paridera contigua a la casa donde estaba el establo con las caballerías. Allí mismo, se dispuso a colocar los arneses de los machos guardando en el carro los enganches y el rusal, que era un arado que disponía de una rueda en su parte delantera y servía para levantar la tierra. Esta era la faena que venía realizando durante los últimos días y así, arando los campos que había dejado en barbecho durante el otoño anterior, los iba preparando para el cultivo de la siguiente temporada. Por su parte, Concepción subió a despertar al resto de sus hijos pues tenían que acudir a la escuela de Gea de Albarracín que estaba aproximadamente a una hora de camino. Tan sólo dejó en las camas a los más pequeños que se quedaban, como todos los días, bajo el cuidado de las dos hijas mayores.

Al bajar de nuevo al corral, Concepción comprobó que los aperos de la burra todavía no habían sido colocados por lo que instó a sus hijas a trabajar con más celeridad. La bronca surtió efecto y con la ayuda del padre, en unos instantes, estuvieron colocados encima del animal el ropón, el baste, los diferentes correajes con la cincha y la tarria y por último, las alforjas. Por su parte, Concepción fue recogiendo en un banasto de mimbre los quesos tiernos de cabra hechos la noche anterior. Cuando acabó, acudió al gallinero y agrupó los huevos puestos durante los dos últimos días en una canastilla envolviéndolos con sumo cuidado entre un puñado de paja menuda, no se fueran a romper en el viaje que tenía que hacer a Teruel. Sus hijas se encargaron de ayudarla a instalar el banasto y las canastillas en las alforjas despidiendo luego a su madre después de oír las últimas órdenes del día y algún que otro reproche sobre su comportamiento durante esa madrugada.

Ya comenzaba a amanecer cuando Concepción inició el recorrido que ella efectuaba todos los martes y jueves de cada semana hacia Teruel para vender los productos que le proporcionaban los animales de la masía. Pasó primeramente por un pequeño puente de madera que estaba situado unas decenas de metros más abajo de la propiedad. La humedad y el rumor del agua hicieron que se estremeciera durante unos segundos e instintivamente torció la cabeza para comprobar el nivel del río Guadalaviar. Lo que vio la hizo sonreír ya que su caudal bajaba en cantidad gracias a las lluvias de los últimos días. Ello era motivo de satisfacción pues la cosecha del año estaba con creces garantizada. Una vez pasado el puente, se introdujo por un camino de tierra todavía algo embarrado. No se quiso ensuciar e instó a la burra a pararse junto a un recodo del camino al borde de un ribazo. Éste proporcionaba un cierto desnivel que ella utilizó para subir al animal y continuar la marcha.

Las primeras luces del alba y sus tonos anaranjados se reflejaban en los campos gracias al rocío de la mañana y conforme seguía su camino sentía con fuerza el olor embriagador de la hierba fresca. En su horizonte más inmediato, el verde de los campos de trigo contrastaba profundamente con las diferentes tonalidades de los árboles que, situados en el borde de la senda, simulaban acompañar al viajero. Cuando acabó de pasar el trecho enfangado se iniciaba una leve subida por la ladera de la montaña ya libre del pesado barro. Entonces Concepción decidió bajar y continuar el resto del repecho a pie con el fin de no cansar innecesariamente al animal pues todavía le quedaba más de tres horas de viaje hasta llegar a su destino. El camino seguía sinuosamente en un principio a través de una senda que se amoldaba a los vaivenes de la montaña. Una vez subida la pequeña colina donde finalizaba el retorcido tramo, su trayectoria continuaba por un sendero entre los campos de cereal hasta enlazar con la carretera que iba de Gea de Albarracín a Teruel. Los ojos de Concepción escudriñaban la labor cada vez que pasaba por estas tierras como si fuera la primera vez que las veía. Siempre hacía lo mismo. Y el motivo no era otro que el comprobar y controlar cómo evolucionaba la mies en las tierras que, junto con la masía, tenían arrendado a un rico terrateniente desde hacía dos años.

La citada masía estaba situada a resguardo del viento del norte en la falda de una montaña cercana a un recodo del río Guadalaviar. La casa, que era bastante amplia, contaba además con dos cobertizos y una paridera de gran dimensión situadas haciendo círculo con la masía y, a modo de corral interior, un patio donde quedaban sueltas las gallinas. Las tierras que circunvalaban la propiedad junto a otras situadas en una pequeña hoya hacia el noreste también formaban parte de la masada. En ellas, se cultivaban todo tipo de cereales especialmente trigo y cebada y en menor medida el centeno y la avena. En las huertas próximas al río se sembraban legumbres y verduras mientras que en las zonas húmedas más alejadas al curso fluvial se encontraban árboles frutales sobresaliendo; manzanos de diferentes clases, algún que otro peral y varias nogueras. Asimismo, disponían de una cabaña ganadera compuesta por unas pocas vacas junto a un rebaño apreciable de ovejas y algunas cabras. Además contaba con varios animales de tiro que ayudaban a los propietarios a realizar las labores del campo y eran dos mulas de muy buena estampa, dos burras y un caballo de enorme alzada que era propiedad del amo de la masía y cuidaban con esmero.

-No se estaba dando mal el año -pensaba Concepción- Habrá buena cosecha, pues aunque le tengamos que dar el tercio de lo recolectado al amo para San Miguel, todavía nos quedará bastante para nosotros.

Llevaba andando casi la mitad del camino cuando sintió un leve escalofrío y a continuación como una respuesta del mismo estornudó una, dos, tres veces. Concepción se asustó. Volvió a recogerse la toca que le envolvía los hombros y el pecho y la estiró cubriéndose con determinación la cabeza a pesar de tenerla protegida, como siempre, con un viejo pañuelo negro anudado al cuello. Nunca le habían gustado las bajas temperaturas, es más, el frío lo odiaba con todas sus fuerzas. En este tema era verdaderamente obsesiva y se crispaba con suma facilidad. Cuando alguno de sus hijos tiritaba o se ponía a estornudar acudía frenética a cubrirlo mejor, renegando con todo tipo de improperios a los mayores que estaban cerca por no haberlo hecho ellos antes. Tenía sus motivos. Miles de recuerdos desagradables se agolparon de repente en su mente a modo de fugaces instantáneas, como si esos estornudos hubiesen destapado el frasco de las esencias que ella hubiera deseado enterrar para siempre junto a su primer marido, allá por la primavera de aquel fatídico 1919.

Concepción había nacido en el seno de una familia numerosa en el año 1888. La casaron sus padres cuando tenía veinticuatro años siguiendo la costumbre de estas tierras: por mutuo acuerdo entre las familias. Su futuro marido era un hombre de su misma escala social y, como ella, vecino del pueblo de Monterde de Albarracín. Una persona a la que conocía desde su niñez pero del cual no estaba enamorada y sólo se consideraban amigos. Como ocurría durante esta época con las parejas formalizadas de dicha manera, en los pueblos de la Sierra el amor entre los esposos se asentaba con el paso del tiempo. Fruto del mismo tuvieron dos hijos; una niña y un niño. En un principio todo parecía marchar sobre ruedas. Un matrimonio cada vez mejor avenido y amante. Una vida sacrificada y llena de trabajos pero feliz. Un hogar con necesidades pero limpio. Sin embargo, la epidemia de gripe que asoló estas tierras a intervalos desde el otoño de 1918 hasta finales de 1919 destruyó a muchas familias. La mortandad fue enorme y no respetó a nada ni a nadie. En la sierra de Albarracín, el pueblo más afectado fue Royuela, pero en todos los municipios tuvieron lugar en mayor o menor medida estos luctuosos sucesos. Las familias que fueron afectadas no tuvieron ninguna oportunidad de salir intactas del evento. En pocos días, e incluso horas, morían los enfermos como presas de una maldición.

La vida de Concepción quedó truncada para siempre a partir de esta epidemia. Su adorado marido fue uno de los que murieron en Monterde durante aquel trágico mes de mayo donde, en apenas diez días, fallecieron siete personas por afecciones gripales. Y al día siguiente de él, su cuñada, la hermana de su marido. A partir de ese momento se las tendría que ver en la vida sola, tremendamente sola, con dos hijos de tres y dos años de edad. En situaciones similares también se encontraban otras familias. Una de ellas era la de su cuñado Segismundo, el cual, se había quedado viudo con cinco hijos de pequeña y mediana edad. Pasaron los primeros meses en medio de un completo desasosiego e incertidumbre ante el oscuro futuro que se perfilaba. Y cuando no pudieron aguantar más, decidieron seguir los consejos de sus respectivas familias que pensaron que su única salida pasaba por juntarse para, de esta manera, poderse enfrentar con más facilidad a sus sobrevenidas necesidades. Así, tras las dudas iniciales decidieron que merecía la pena casarse tal y como ocurrió con otros matrimonios entre viudos durante los años posteriores a la gripe española. No podía haber otra solución, no existía amor sólo imperaba una cosa: necesidad.

Una nueva vida comenzaba para Concepción, en la cual, los inicios presentaron enormes dificultades. Su nueva familia seguía siendo pobre de solemnidad. Entonces ¿cómo alimentar a siete niños? Se rompieron las costillas para poderlo llevar a cabo pero todo resultaba inútil. Por mucho que trabajaran nunca repercutía lo suficiente. Ni las ayudas proporcionadas por sus familias ni el trabajo de sol a sol, nada. Por si todo ello fuese poco los problemas, lejos de disminuir, se acrecentaron casi desde el primer momento. A los pocos meses de haberse celebrado el matrimonio, Concepción quedó embarazada. Urgía una solución. Mariana la hija pequeña de Segismundo se tuvo que ir a vivir con unos tíos suyos con todo el dolor de su padre. Era una boca menos que alimentar pero continuaba sin ser bastante. Además, Concepción volvió a quedar embarazada otra vez y otra… Tuvo cuatro hijos en el corto espacio de cinco años. ¿Qué hacer? La vida en la casa era un auténtico infierno los niños crecían y sus necesidades aumentaban. El hambre, los gritos, las palizas, el mal humor, las riñas, los dos bandos que se creaban en casi todas las discusiones, pues se trataba de dos familias en realidad. Todo ello era una constante que desquiciaba los nervios a cualquiera. Y no era bastante que la familia ayudase de vez en cuando, ni que los hijos mayores se marcharan de casa para trabajar de jornaleros o pastores.

Concepción necesitaba una mano de hierro para contener tanta crispación. Todo ello moldeó su carácter; la hizo arisca, impetuosa y en el fondo la llenó de amargura. En su juventud había sido una mujer hermosa, alta, de semblante agradable pero al mismo tiempo firme, con una nariz prominente y unos lóbulos ligeramente alargados, sin que ello restara un ápice su belleza, al contrario, la reafirmaba. Sin embargo, el paso de los años hizo que todo ello cambiara. Las facciones de su rostro acabaron endureciéndose con la lucha diaria. No había lugar para la belleza ni el refinamiento, había que contentarse con sobrevivir. Tuvieron la suerte que Segismundo contactara con un terrateniente originario del pueblo que era propietario de varias masías y que éste tuviera a bien arrendarles una situada en el término municipal de Gea de Albarracín. Recogieron todos sus enseres en el pueblo y partieron hacia La Golleta en el otoño del año 1928. Empezaban una nueva vida. O al menos Concepción y Segismundo así lo creían.

En estos pensamientos estaba cuando divisó a lo lejos una multitud de personas en unos campos situados entre la llanura de Cella y Caudé. Durante los últimos meses había observado maniobrar sobre dicho terreno a un grupo numeroso de albañiles allanándolo y edificando unas casetas al borde del camino. En esta ocasión, vio a más gente que de costumbre pero no le dio importancia, se encogió de hombros sin comprender qué hacían tan temprano en el tajo y continuó su marcha. A unos dos kilómetros de allí el camino se unía a la carretera que enlazaba Zaragoza con Teruel. Si hasta ese momento no se había encontrado con nadie en su trayecto, salvo a aquellas personas, a partir de ahora, tenía que ir con más cuidado pues en la carretera el tráfico era más frecuente a pesar de lo temprano del día. Aun así, pasó un buen trecho hasta que se cruzó con el primer carro. No obstante, conforme se acercaba a la capital, el trasiego de carromatos y algún que otro coche se hacía mucho más constante.

En esos momentos, a varios kilómetros de distancia, en las tierras que pertenecían a la masía, Segismundo había realizado un alto en el camino y examinaba detenidamente los tardíos que había sembrado casi dos meses atrás. En los campos se alternaban dos épocas de siembra. La primera era la más común y tenía lugar durante el otoño cuando se plantaba varios tipos de cereal como el trigo y el centeno. Y la segunda era conocida por los labradores como los tardíos y se realizaba sobre el resto de los campos que se preparaban para la siembra durante los meses de marzo y abril tratándose fundamentalmente de cebada y avena. Segismundo se alegró al comprobar que ya empezaba a nacer la cebada y un manto fino de tonos verdosos se extendía sobre las tierras de labor simulando grandes prados cubiertos de césped. Bajó del carro y se aproximó a la parcela cuyos límites llegaban hasta el mismo camino, penetró en ella algunos metros y, agachándose, introdujo la mano dentro del terruño para comprobar la humedad. Extrajo del mismo un puñado de tierra con la incipiente cebada y diseccionándola apreció cómo se estaba desarrollando el cereal. Una vez hubo comprobado que las espigas salían con fuerza, sonrió complacido y volvió a subirse al carro continuando la marcha. Más adelante, después de pasar por un pequeño barranco, se abría un alargado vallejo donde se asentaba un piazo de medianas dimensiones cuyos rastrojos de la cosecha anterior ya habían sido consumidos por el rebaño de la masía que pastoreaban sus hijos. Segismundo detuvo el carro y se dispuso a preparar dicha parcela para la siguiente cosecha.

Arar la tierra que se había dejado en barbecho para el año siguiente era otra de las labores que se realizaban durante la primavera. Cada campo que se dejaba sin sembrar en el otoño era utilizado como rastrojera por el ganado lanar y cabrío y, si el tiempo lo permitía, llegado el mes de mayo se labraba removiendo la tierra con el rusal para evitar que se apelmazara. De esta manera, los campos se empezaban a dejar en condiciones para poderlos sembrar nuevamente tras binarlos en una segunda pasada con el aladro, una vez llegado el siguiente otoño. Aunque también podía darse el caso que los fueran a sembrar también como tardíos y ello sería, lógicamente, en la primavera del año siguiente por lo que tendrían que volver a labrarse en el mes de septiembre y binarlos a comienzos de la primavera antes de sembrarlos. Lo más importante para esta labor era realizarla en esta época del año, justo cuando la tierra estuviera lo suficientemente preparada. Ni excesivamente seca, porque entonces apenas se podría profundizar, ni rebosando humedad para no enfangarse el rusal.

Una vez se hubo detenido Segismundo en un claro entre dos grandes carrascas próximas al camino, soltó los arneses de las acémilas. Luego, acopló el collerón a las mulas colocando entre ambas el arado conocido como rusal para poder iniciar la labranza. Entró por un lado del piazo y comenzó a trabajarlo sin prisas pues el tiempo de la primavera le había favorecido y llevaba la faena del campo medianamente adelantada. Después de dar algunas vueltas por el bancal labrándolo, se detuvo un momento para que descansaran las acémilas y, por supuesto, él. Los años no pasaban en balde y últimamente se cansaba con relativa frecuencia y sufría asimismo algunos accesos de fiebre. Segismundo aprovechó la pausa para secarse el sudor y acudir al carro a beber agua de un viejo botijo. Éste lo llevaba envuelto en una basta arpillera para protegerlo mejor de las trastabilladas del camino y solía guardar en una oquedad del asiento del carro. Mientras descansaba no dejaba de pensar en su hijo José y calculaba que ya habría llegado al molino de Gea a moler el trigo que utilizaban para el consumo de la casa, pues últimamente andaban muy escasos de harina.

José, el primogénito de Segismundo, era un joven de mediana estatura, mente ágil y despejada y con un carácter dispuesto y muy responsable. Como todos los adultos de su casa había madrugado ese día pues tenía que acudir sin falta a Gea de Albarracín. Después de desayunar con sus padres y hermanos se fue hacia el establo y ensilló a la burra. Le colocó los diferentes aparejos y encima el baste con la tarria para que sostuviera las dos talegas de trigo que iba a llevar al molino de Gea. El camino hacia esta población no era muy largo y en determinadas circunstancias podía considerarse casi como una excursión. Así, la tomaron sus hermanos medianos agradecidos por la inusual compañía y que acudían como todos los días a la escuela de la localidad, siempre que el tiempo lo permitía. La senda iba bajando paulatinamente desde que salía de La Golleta hasta llegar a un puente que atravesaba el río Guadalaviar y luego serpenteaba entre la muy afamada huerta de Gea, donde se sembraban todo tipo de verduras y árboles frutales. A partir de entonces, el camino continuaba en llano y a unos dos kilómetros de distancia entró en la población por el este justo donde una frondosa noguera situada a su izquierda hacía sombra a la noria más famosa y antigua del contorno. Siguiendo la marcha dejó a su derecha un antiguo y vetusto cementerio y penetró en la población.

Primero pasó por un costado del bello monasterio de los Carmelitas descalzos construido a finales del siglo XVII y al que la desamortización de Mendizábal, llevada a cabo a mediados del siglo anterior, había dejado en un lamentable estado. Luego, atravesó el Portal de Teruel que se mantenía medio intacto a pesar que, de la antigua muralla que circunvalaba la población, tan sólo quedaban algunos restos desperdigados en los muros de las casas colindantes. Penetró en la localidad cruzándose con numerosos lugareños que acudían a sus trabajos cotidianos. Unos iban a la huerta con las azadas colgadas de sus hombros y los cestos de esparto recogidos por las asas mientras que otros acudían en carros con los equipamientos necesarios para labrar los campos, como hacía su padre. José se despidió de sus hermanos que acudían sonrientes a la escuela municipal siguiéndoles con la mirada mientras continuaba impertérrito el viaje. Fue cruzando el pueblo por la calle Mayor hasta atravesar el Portal de Albarracín y, girando a su izquierda hacia un remanso del río, llegó al molino. Una vez allí, saludó a su propietario que junto con otra persona acarreaba algunos sacos desde dentro del edificio hacia un carro situado cerca de la puerta de entrada.

-Buenos días José. Menos mal que ya estás aquí. Pensé que ya no venías –saludó el molinero.

-Buenos días –respondió el zagal- Traigo dos talegas de trigo para moler.

-Pues bájalas y colócalas ahí dentro al lado de la báscula –ordenó el molinero- en un momento estaré contigo.

Hizo José aquello que le mandaron y con cuidado depositó las talegas cerca del peso. Luego, ató la burra en una de las argollas dispuestas en la pared que daba a la calle acudiendo a continuación donde estaba el molinero hablando con otro parroquiano. Ambos comentaban ciertos sucesos ocurridos años atrás y que él había oído mencionar a su padre en alguna que otra ocasión.

-… pues sí, nunca se supo a ciencia cierta quién lo hizo pero creo que fue en abril de 1923 cuando algunos desaprensivos de este pueblo talaron en una noche casi cien árboles frutales a los amigos del administrador de la dueña –comentó el molinero.

-Sí ya lo sé –respondió su interlocutor. Éste era asimismo arrendatario de otra masía del término municipal y aunque era forastero por lo visto estaba también al corriente de aquellos terribles sucesos. A mí me dijeron además que un año antes apedrearon el molino y la casa del administrador de la señora marquesa y que llevados por ese afán destructivo incluso llegaron a cortar el cable que daba la luz al pueblo… También me comentaron que encerraron a los culpables y al día siguiente un numeroso grupo de manifestantes asaltó la cárcel para liberarlos. Lo sé. Me lo contó uno que precisamente participó en los hechos y luego se arrepintió cuando se dio cuenta de la violencia que se estaba generando. Además me comentó que incluso vino la Guardia Civil de Albarracín para impedir los desmanes que se estaban cometiendo en Gea y detener a los culpables. La verdad, es algo que me cuesta creer –dijo no sin cierto asombro el arrendatario.

-Pues todo es cierto, créetelo. Fíjate cómo estaban las cosas en el pueblo que la mayoría de la gente no venía a moler el trigo a este molino y censuraban de malos modos a los que acudían. Llegaba a tanto su odio y desesperación que todas esas personas preferían irse a Cella, a pesar de lo lejos que está, antes que hacerlo en Gea para no beneficiar de este modo a la marquesa de Moctezuma que entonces era la propietaria –insistió el molinero. Aunque eso sí, aquí el que más tajada sacaba era el administrador de sus bienes que hacía y deshacía a su antojo –concluyó su exposición.

-¿Pero la dueña del molino no era la princesa de Pignatelli? –Preguntó confuso el arrendatario.

-Son la misma persona, en realidad se llama María de la Concepción Girón y Aragón. Vive en Madrid y es una aristócrata con muchos títulos nobiliarios entre ellos los de herederos de la Casa de Fuentes. Aquí, unos la conocían como la marquesa de Moctezuma y otros como la princesa de Pignatelli pero se trata de la misma dama. Es un lío por eso los que sois forasteros os cuesta tanto de entender.

-¿De verdad que era tan importante esa mujer?

-Pues sí, ya que además era la propietaria de buena parte de este término municipal mientras que los labradores del pueblo tenían lo justo para ir tirando y carecían de tierras para el ganado. Pero mira, todo se empezó a solucionar en la primavera de 1924 cuando firmaron un acuerdo con buena parte del vecindario para que sus reses pudieran pastar en las tierras de la marquesa. Y no te creas, pues para llegar a un convenio satisfactorio para todas las partes hubo amagos y conatos de ruptura. Incluso, en un principio, los socios del sindicato que se había creado abandonaron la reunión del Ayuntamiento. Después, tuvieron que intervenir para poder firmar las Bases un montón de personalidades. Desde las fuerzas vivas del pueblo hasta el Sindicato agrícola católico de Gea, el Gobernador Civil y el Delegado Gubernativo del distrito de Albarracín Luís Polo de Bernabé, que fue el principal artífice del acuerdo. A partir de entonces, todo empezó a cambiar muy rápidamente. Además, al poco tiempo conseguimos que nos vendiera también el molino y la situación se fue poco a poco normalizando hasta hoy, aunque todavía siguen existiendo muchos descontentos.

José no perdía detalle de lo que estaba oyendo. Alguno de los comentarios no los conocía pero sí que había escuchado a su padre hablar con el dueño de La Golleta sobre los acontecimientos tumultuosos ocurridos durante esos años. Y también de las consecuencias que sobrevinieron por la permanente cerrajón de la aristócrata y sus antepasados en llegar a una solución que aliviara las necesidades que padecían los habitantes de Gea.

-Esa noche hablaría largo y tendido con su padre Segismundo y le pondría al día de todo lo que había escuchado al molinero –pensó.

Él seguía como un autómata a los tertulianos mientras conversaban y trabajaban al mismo tiempo. Además, como la persona joven y tremendamente curiosa que era, no perdía detalle de todo lo que hacían y comentaban. El molinero se dio cuenta de la continua presencia allá donde iban del hijo del arrendatario de La Golleta y prefirió cambiar radicalmente de tema.

-¿José quieres ver cómo hacemos la harina en este molino? -Le comentó en tono distendido.

-Me encantaría –respondió entusiasmado.

-Pues acércate a mí y no pierdas detalle –dijo mientras colocaba las talegas en la báscula pesándolas.

Una vez hubo anotado el peso le indicó que le ayudara a descargarlas en la tolva para moler. Se subieron por una escalera de madera a una pequeña plataforma situada junto al embudo que regulaba la caída de los granos. Cuando hubieron vaciado los sacos de trigo puso en marcha el mecanismo y comprobó cómo iba cayendo mientras dos grandes y redondas losas de piedra machacaban el cereal. Una de ellas estaba fija y servía de soporte mientras que la otra era móvil y ayudaba a aplastarlos separando la flor de la harina del salvado. José estaba realmente entusiasmado y fisgoneaba todos los movimientos habidos y por haber. Por fin, después de casi una hora de trabajo tenían completado un saco de cáñamo con la harina que habían extraído. Si bien había acudido en varias ocasiones a acarrear el trigo para molerlo nunca había participado en su elaboración, pero en esta ocasión, el molinero estaba especialmente simpático y era una oportunidad que no se podía desaprovechar. ¡Vaya día y cuánto estaba aprendiendo! Cuando finalizaron el proceso volvieron a pesar la harina resultante y el molinero se quedó con el porcentaje pactado por su trabajo que ascendía al cinco por ciento del peso elaborado. José recogió la suya ya nuevamente ensacada acondicionándola en unas talegas con exquisito cuidado. Las situó sobre la tarria de la burra atando los sacos con suma destreza, a pesar de su juventud, y se despidió a continuación del molinero mientras le agradecía las deferencias que había tenido con él durante esa mañana. De nuevo en la calle, se encaminó diligentemente hacia la masada pues todavía le quedaba bastante por hacer para culminar sus tareas del día.

Cuando por fin regresó a su casa buscó a sus hermanas mayores para que le ayudaran a cernir la harina para extraer la que utilizarían en su alimentación. El primogénito de Segismundo recogió el cedazo, que era una especie de criba, y sobre la que sus hermanas iban depositando la harina que había traído. Entonces él la agitaba en redondo de manera que iban separándose lo más fino y así caía sobre un saco abierto y extendido así como las costras de salvado que se quedaban encima del ciezo o cedazo. Cada dos o tres cribadas retiraba los restos del salvado resultante a otro saco, pues no se desperdiciaba nada en absoluto, y lo que no servía para las personas era muy adecuado para la alimentación de los animales. De hecho, el salvado era uno de los condimentos que solía mezclar su madre cuando realizaba la pastura para los gorrinos de la hacienda. Y de esta manera, se pasaron sus buenas horas con José comentando su experiencia en el molino fabricando la harina haciéndolas además partícipes de los comentarios escuchados en el pueblo de Gea y ellas entregadas a la tarea que les había encomendado su madre. Después de haber cernido toda la harina que había traído la acondicionaron lo mejor que pudieron en unas talegas colocándolas en el masador de la casa a la espera que volviera Concepción y ella dispusiera.

Su madre, mientras tanto, seguía su impenitente marcha de todos los jueves. Después de algo más de cuatro horas de viaje, sin descansar ni un solo momento, por fin había llegado a Teruel. Cuando entró en la capital se apeó de su montura y enfiló primeramente la subida de la calle San Francisco. Una vez arriba, en el Óvalo, torció hacia la izquierda penetrando por una estrecha y empinada calle llena de gente que daba al final con el centro neurálgico de la capital turolense. La plaza del Torico estaba abigarrada de personas y el ruido de los vehículos y los gritos de la muchedumbre eran multiplicados por cien debido a sus reducidas dimensiones. Por todo ello, Concepción dio unas suaves palmadas al cuello del animal con el fin de calmarlo para que no se espantara. Atravesó la plaza siguiendo la dirección que llevaba cuesta arriba y continuó por una calle estrecha. Ésta daba casi al final a su izquierda con una pequeña replaceta donde estaba situada la conocida fonda de El Tozal, para ella, el fin del trayecto. Llamó al dueño y una vez realizados los saludos de rigor llevaron la burra hacia la cuadra acondicionándola en un pesebre vacío, como siempre hacían. Concepción liberó a continuación al animal de los pesados arneses dejándole tan sólo el cabezal y la soga del tiro que sujetó en un saliente del comedero. Recogió el banasto y las canastillas con exquisito cuidado comprobando que los quesos estaban intactos y no se había descascarillado ningún huevo. Luego, acomodándose ambos cestillos en los brazos, se dispuso a repartirlos entre aquellas casas que tenía apalabradas. Todo ello lo hizo con cierta celeridad, ya habría tiempo de descansar y poder comer cuando acabara el reparto.

Aproximadamente al medio día finalizó la venta que hacía los jueves a ciertas viviendas de la capital. Cansada por el continuo trasiego y algo contrariada por alguna que otra discusión que había tenido sobre los precios de sus productos, volvió a la fonda y subiendo a la casa entró en el comedor. Se sentó en una silla abriendo sobre la mesa un paquete pequeño con algo de queso y frito de cerdo. Demandó al posadero pan y una jarra de agua y se dispuso a continuación a comer. Una vez finalizada la comida sacó cuentas con el dueño de la fonda al que ya había entregado su pedido diario compuesto por tres quesos tiernos de cabra y una docena de huevos. Eso sí, al precio final hubo que descontar lo consumido por ella y la acémila. Se despidió del hombre tras apalabrar la estancia de la burra en el establo por un breve espacio de tiempo pues todavía tenía algo importante por hacer. Recogió el pequeño paquete que había realizado durante esa madrugada en la masía y partió hacia el reformatorio de Teruel situado a escasa distancia de la plaza del Torico.

Una vez allí preguntó en la conserjería por su hijastro. Las monjas le llevaron a un pequeño patio donde Concepción pudiera conversar con él. Nemesio, que así se llamaba el zagal, miró de reojo a su madrastra. No congeniaban en absoluto y eso era evidente a todas luces. Concepción prácticamente había obligado a su marido a llevarlo al reformatorio hacía tres años pues el muchacho era bastante rebelde y en la casa, que ya era un caos, se hacía más de notar. Sin embargo, desde que se habían mudado a la masía Segismundo había insistido en que debían ir a por él pues ahora que contaba con trece años podía ser más útil a la familia de lo que había sido hasta entonces, en realidad un estorbo. Nemesio recogió el paquete que le ofrecía Concepción y alzando la mirada con el ceño fruncido le preguntó:

-¿Cuándo me vais a sacar de aquí? Ya estoy harto de seguir en este lugar quiero ver de una vez a mi padre y mis hermanos.

-Pronto –respondió lacónicamente su madrastra. Al mismo tiempo se encogía de hombros y miraba a su alrededor algo nerviosa.

No contento con la respuesta el muchacho la volvió a inquirir y ante el silencio cómplice de Concepción le espetó gritando con rabia mientras arrojaba el paquete al suelo.

-Como no me saquéis enseguida de aquí te juro que me voy a escapar al menor descuido que tengan las monjas. No quiero seguir en este lugar ni un día más. Quiero irme con vosotros.

Al oír las amenazas de Nemesio alzó la mano Concepción como un resorte a fin de atajar con un cachete la insolencia del muchacho. A medio camino del guantazo se contuvo dio media vuelta y salió deprisa del patio resoplando maldiciones sin fin. Enfurecida y malhumorada retornó de nuevo a la fonda de El Tozal. Entró directamente a la cuadra y colocó los arneses al animal, que relinchaba continuamente y giraba la cabeza cada vez que le apretaba los correajes. Incluso en una ocasión hizo amago de cocearla. Ese intento de patearla le hizo reconvenir sobre la situación de estrés que, por su culpa, estaba afectando al animal y el hecho que todavía tenía que realizar el viaje de vuelta. Al final, la mujer comprendió que la estaba tomando con la burra y la pobre no tenía culpa de nada. Suspiró profundamente e intentó tranquilizarse. Ya más calmada, aunque todavía obcecada por lo que acababa de suceder, acabó de colocar los aparejos de la acémila. Y pocos minutos después salió con determinación de la posada sin tan siquiera despedirse del dueño e iniciando el retorno a su casa.

Por la tarde era menor el gentío de las calles en la capital aún así Concepción tuvo que calmar en un par de ocasiones a la pobre burra que llevaba unos minutos la mar de excitada y a la menor oportunidad se espantaba. Como llevaba cogida por la soga al animal y sometida continuamente a un trote sin pausa enseguida alcanzaron las afueras de la ciudad. Una vez hubieron pasado el promontorio existente a las afueras de Teruel se iniciaba una amplia llanura que prácticamente llegaba hasta las cercanías del pueblo de Gea. Subida dicha cuesta paró a la burra y apartando ligeramente las alforjas acomodó su asiento entre el baste y el cuello de la acémila.

Casi una hora más tarde de viaje la carretera se desviaba por la izquierda en dirección a Albarracín. Concepción enfiló el camino y divisó a lo lejos una gran multitud dispersa sobre los campos y las casetas donde habían estado trabajando los albañiles desde hacía meses. La algarabía de la gente se hacía más de notar conforme iba acercándose. Ya en las proximidades vio un grupo de personas que estaban al lado de la carretera y cerca de ellas un gran aparato de hierro. Concepción aminoró la marcha de la burra y contempló por primera vez en su vida una avioneta, pues de eso se trataba. Y de la misma manera los campos que estaban acondicionando desde hacía tiempo aquellos trabajadores era una pista de aterrizaje, aunque claro, ella en su ignorancia no lo atinase a comprender. Como tampoco podía intuir la imagen que ofrecía subida a los lomos de una burra mientras miraba con los ojos desorbitados a la avioneta situada unos pocos metros de donde se había detenido. Aunque ella no se daba cuenta formaba parte de una estampa que representaba la más clara visión de dos mundos que evolucionaban de distinta manera.

Absorta y realmente pasmada en la contemplación no se dio cuenta que la estaban observando desde lejos un grupo de hombres y mujeres que en pequeños corrillos comentaban la exhibición de vuelo que había tenido lugar poco tiempo atrás. Entonces de esa muchedumbre salió un varón de mediana edad y dirigiéndose a Concepción le hizo repetidas señas con la mano para que esperara pues quería hablar con ella. A ese individuo le siguieron con una sonrisa cómplice un grupito de caballeros encopetados y señoritas bien vestidas y emperifolladas. Al llegar donde estaba Concepción el sujeto que la había llamado viendo la perplejidad de la mujer mientras observaba el avión le dijo en tono de burla:

-¿Le gusta la avioneta señora? Pues bájese de la burra y yo las llevaré a las dos hasta su casa.

El grupito de señoritas y sus acompañantes comenzaron a reírse con unas carcajadas ruidosas y malintencionadas. Al mismo tiempo señalaban con las manos y sus gestos hacia la escena que formaban la acémila y Concepción. Ésta, totalmente paralizada por la sorpresa, no llegaba a comprender el significado de todas esas risotadas dirigidas hacia su persona. Pasado el primer momento de estupor notó como comenzaba a hervirle la sangre y percibió un fuerte acaloramiento en su cara. Al instante sintió vergüenza por todas aquellas miradas y risas dirigidas hacia su persona. Reaccionó a los pocos segundos y tirando de las riendas de la burra con furia y golpeando con sus tobillos los muslos del animal salió de allí rápidamente con rabia contenida mordiéndose los labios.

-Malditos sean todos los ricachones y señoritos, malditos sean -Mascullaba conforme se alejaba del lugar y todavía seguía percibiendo un murmullo de risotadas cada vez más lejano. Este es un mundo que está lleno de sufrimientos aunque siempre nos toca a los mismos –pensaba- malditos, malditos sean –insistía Concepción.

Continuó su viaje sin lograr quitarse del pensamiento todo lo ocurrido en el campo de aviación. Pasados unos minutos y algo más tranquila bajó del animal donde el camino hacia la masía se desviaba de la carretera a Albarracín. A partir de ese momento enfiló el último tramo de la vuelta a casa cuando la luz del día comenzaba a perder claridad. Más adelante, llegó a las tierras que tenía arrendadas con la masía y allí divisó en un pequeño prado cercano al río Guadalaviar a tres de sus hijos cuidando un reducido hato de cabras. Ante la mirada vigilante de los dos hermanos mayores el más pequeño de los zagales salió corriendo a trompicones hacia ella nada más verla y llegado al lado de Concepción se le colgó del cuello. Su madre le besó tiernamente y le preguntó qué tal había pasado el día. El crío le respondió atropelladamente aquello que se le ocurría. Una vez oído al pequeño, Concepción le preguntó si quería subir a la burra. El muchicho sonrió abiertamente y asintió repetidas veces con la cabeza. Lo subió con sumo cuidado encima del baste encargándole que no se soltara del tiro para evitar una mala caída. A continuación, reinició la marcha al tiempo que les gritaba a sus hermanos que se llevaba al pequeño.

En muy pocos minutos llegaron a la paridera de la masía. Concepción se extrañó de ver en el establo a las mulas que se había llevado Segismundo por lo que pensó que había acabado pronto de labrar los campos. Acto seguido bajó al pequeño de la burra y mientras procedía a descargar los aparejos del animal se acercó su hija mayor. Al verla su madre le preguntó

-¿Pasa algo? ¿Por qué están las mulas en la cuadra?

-El padre se ha empezado a encontrar mal hacia el medio día y por eso ha vuelto a casa tan temprano. Ahora mismo está acostado en la cama pues tiene fiebre y le duele otra vez la mandíbula. –Le dijo su hija con los ojos enrojecidos y el gesto grave en su semblante.

Concepción acabó de bajar los banastos y las canastillas vacías dándoselas a su hija. Luego recogió las alforjas y acabó de quitar al animal la pesada carga del ropaje. Dejó a la burra suelta junto al pesebre y acto seguido, con celeridad, entró en la casa dirigiéndose inmediatamente hacia el dormitorio. Iba tan decidida que ni tan siquiera oyó el tímido saludo de José que la esperaba en un pequeño rellano situado al pie de la escalera. Entró como una exhalación en la habitación y nada más ver a su marido tumbado en la cama le preguntó:

-¿Cómo te encuentras Segismundo?

-Bien, no te preocupes. Esto pasará pronto –respondió.

-Teníamos que haber ido sin falta a ver un médico cuando te coceó aquel mulo el año pasado –comentó Concepción.

-Para qué –insistió Segismundo- Ya te digo que esto no es nada, con las yerbas que me dio el curandero de Jabaloyas tendré bastante. Tranquila mujer ya verás como mañana habrá pasado todo.

Al cabo de tres horas ya estaban recogidos los hijos de Concepción y Segismundo. Cada uno había vuelto de sus faenas, de pastores unos con las vacas otros o con la labranza o la huerta o los animales. Todos tenían una ocupación u otra. El barullo entre tanto crío era inevitable pero esa noche como todas las noches desde que estaban en la masía por lo menos la comida no faltaba. Después de cenar se fueron los más pequeños a la cama quedándose los mayores ayudando a su madre a remendar algún apero descosido o alguna canastilla desmimbrada. Mientras trabajaban comentaban entre ellos que su padre últimamente caía enfermo muy a menudo. Concepción mientras tanto miraba a sus hijos con infinita pena y callaba.

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-Semanas más tarde Nemesio se escapó del reformatorio y se fue a la masía quedándose desde entonces con su familia.

-Algunos meses después moría Segismundo víctima de una gangrena producida como consecuencia de la coz de un caballo que tuvo lugar casi dos años atrás.

-Al ir a sacar las cuentas con el amo de la masía éste se quedó con todo aduciendo que con haber criado a sus hijos ya había tenido bastante. Al ser un arrendamiento oral Concepción no pudo hacer nada.

– Concepción junto a toda su familia no tuvo más remedio que volver a Monterde de Albarracín.

-Durante la II República Concepción fue en su pueblo una activista notoria de los partidos de izquierda y republicanos.

-A partir del año 1933 comenzó la disgregación de la familia.

-En ese año se casó la hija mayor con 21 años de edad y al año siguiente otra de las hijas de Segismundo también a temprana edad.

-Entre 1933 y 1934 otras dos hijas de Concepción con 12 y 16 años se fueron a servir de criadas a Valencia y Nules.

-En 1934 falleció José el hijo mayor de Segismundo víctima de una pulmonía.

-En 1936 murió Nemesio en el frente de Madrid combatiendo con el ejército republicano.

-A partir de la guerra civil la familia de Concepción y Segismundo quedó definitivamente desmembrada.

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