Monterde, Verano de 1936 (IV Capítulo)

INTRODUCCIÓN

Siguiendo el orden cronológico que iniciamos en su momento en la revista Rehalda llegamos al final de las estaciones del año y con ello al último capítulo de las breves historias sobre la vida cotidiana en Monterde de Albarracín entre los años 1910 y 1936. En esta ocasión corresponde al verano y posiblemente a la característica más sobresaliente de la actividad económica de la sierra como es el mundo de los segadores. Nemesio el protagonista de esta historia así como los personajes que se describen son todos ficticios. No lo es sin embargo su azarosa vida cuyos retazos a modo de puzle han sido recogidos en diferentes entrevistas y unificados en una sola vivencia. Además los sucesos que se narran sucedieron realmente salvo la existencia del sindicato en el pueblo que es una aportación del autor de estas líneas para favorecer la línea argumental del relato.

VERANO 1936

Monterde durante los años treinta seguía siendo una localidad olvidada y perdida en la depauperada sierra de Albarracín. Las carreteras que se habían construido durante los años anteriores la habían dejado de lado y seguía sin estar comunicada con los municipios de su entorno salvo por caminos de herradura. Por causa de ese aislamiento sus habitantes vivían inmersos en medio de una indolente soledad, para muchos de ellos, el mundo que conocían apenas traspasaba los márgenes de su propio término municipal. En esa época Monterde de Albarracín representaba la estampa casi inmutable de cómo había sido el pueblo desde hacía más de trescientos años. Y así sus habitantes seguían viviendo en casas de pequeño tamaño que se apiñaban en bloques como para protegerse mejor del frío. Casas con las techumbres bajas y las puertas de madera con dos hojas que incluían casi todas en su parte inferior el orificio circular de la gatera. También era notable la existencia de multitud de callejones sin salida así como sinuosos y retorcidos tramos que finalizaban casi siempre en pequeñas replacetas a las que tenían acceso tres o más casuchas. Y culminaba el ancestral inmovilismo del pueblo la majestuosa silueta de la iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Asunción construida a caballo de los siglos XVI y XVII. Edificio que estaba flanqueado en su parte meridional por un bello y cuidado huertecillo que era cultivado por los beatos locales para mayor gloria y mejor yantar del cura de turno.

Algunas casas del municipio estaban construidas con grandes bloques de piedra caliza. Otras en cambio las más pobres engalanaban sus fachadas con un enlucido rojizo de tonos jaspeados. Ese yeso rojo se conseguía en varios aljezares próximos al pueblo y convenientemente trabajado otorgaba a dichas viviendas monterdinas una definida personalidad. Y para que ésta fuera completa un nuevo color el azulete enmarcaba los vanos y oquedades de puertas o ventanas así como alguna que otra habitación interior sobre todo la entrada de las casas. El tono del azulete se conseguía mezclando el añil con la cal y además de desinfectante servía según arcanas supersticiones para ahuyentar de dichas moradas al demonio y sus acólitos. Este era el pueblo de Nemesio el protagonista de esta historia. Nuestro personaje había nacido en la primavera del año 1896 de manera que contaba con cuarenta años recién cumplidos. Estaba casado desde hacía dieciséis y tenía dos hijos de trece y doce años de edad y una niña de seis. De aspecto frágil y menudo parecía un zagal cuando se le veía desde lejos pero al mismo tiempo era constante y trabajador como nadie y de ello se enorgullecía siempre que tenía la menor ocasión.

La época de la siega estaba en pleno apogeo en el pueblo. La mayor parte de las familias de la localidad ya habían acabado de recoger la mies de sus campos. Este año la cosecha se estaba dando bien y un trasiego continuo de gente yendo y viniendo de sus quehaceres se observaba en el municipio de Monterde de Albarracín. Pero no solo las calles estaban siendo constantemente transitadas por personas, en realidad la presencia de todo tipo de animales era la nota predominante durante estas fechas. Por una parte los de labor acarreando sin apenas pausa el cereal recolectado y por otra un verdadero ejército de aves de corral -moradoras diurnas de aquellos lares- que rebuscaban su comida por el suelo cada vez que los carros lo taladraban debido al exceso de carga. Esto ocurría porque los pesados haces de cereal se acarreaban en unos carros que doblaban su capacidad de almacenaje y transporte gracias a unos palos de madera de sabina que se acoplaban verticalmente a lo largo de su contorno. Y cuando esos carros atravesaban las calles del pueblo, más de uno daba la impresión que iba a ladearse y volcar de un momento a otro. Una vez arribaban a sus respectivas eras los campesinos los amontonaban formando enormes pirámides de paja y grano que ofrecían a los ojos del espectador una variada gama de colores. Resaltaban las tonalidades doradas del trigo o las más amarillentas de la cebada y el centeno respecto al empedrado calizo y al verdín que se expandía entre las piedras antes de comenzar la trilla.

Una vez recogido y almacenado el cereal quedaba por realizar la parte más laboriosa y delicada en la transformación de la mies, un trabajo que hacía posible su consumo a lo largo del año siguiente. Todas las mañanas en cada una de las eras sus propietarios desplegaban sobre el empedrado los haces de cereal escogidos para la ocasión. Primeramente eran extendidos para luego acomodarlos cuidadosamente con las horcas a fin de que no dejaran ver el suelo y cuando toda la parva había cubierto la circunferencia pretendida de la era se procedía a continuación a trillarla. Para esta labor era utilizado normalmente un mulo al que una vez colocado sus correajes le acoplaban el trillo. Encima del mismo solía ir algún muchicho de mediana edad ayudado por losas de piedra que le ayudaban a contar con el suficiente peso o en todo caso los adultos durando la trilla casi todo el día. Cuando la parva había sido cuidadosamente desmenuzada normalmente pasada la media tarde se procedía a aventarla al aire repetidas veces con las horcas. El viento por ligero que fuera empujaba la paja trillada que era más liviana mientras que el grano se escurría y caía al suelo siendo recogido con una escoba de retama. Y así una y otra vez se repetía la operación hasta comprobar que estaban separadas completamente. Una vez efectuada esta labor se procedía a guardar el grano en sacos utilizando para ello una medida de madera con una capacidad de media fanega. Estos sacos eran guardados en los cambrotes de las casas situados por regla general en los pisos superiores mientras que la paja se recogía con las horcas y era introducida en los pajares situados al pie mismo de las eras.

El trabajo de la trilla de la familia de Nemesio se encontraba en todo su apogeo. Ya habían cosechado la totalidad de sus sembrados y lo único que faltaba para completar el año agrícola era culminar la trilla y guardar la cosecha. Esa labor podía ser perfectamente realizada por el resto de los miembros de su familia por ello Nemesio tenía la posibilidad de ir a trabajar de jornalero y sacar de esa manera unas cuantas pesetas que siempre le irían de maravilla. No todas las familias del pueblo estaban en la misma situación para bien o para mal. Algunas las menos ni tan siquiera tenían tierras y sus vidas transcurrían en medio de una eterna búsqueda de trabajo. Otras sin embargo disponían de más cantidad que la familia de Nemesio por lo que no necesitaban ir de jornaleros para nadie. A este grupo la recolección les venía en ocasiones algo justa y siempre preferían acabar cuando antes no fuese a producirse una mala tormenta estival y toda la cosecha irse al traste.

Durante ese verano Nemesio había apalabrado trabajo con el tío Celipe uno de los hombres más ricos del pueblo formando cuadrilla con el grupo de los segadores de su hacienda. Católico y ferviente cristiano este personaje era el paradigma virtuoso de los terratenientes locales. Si bien era uno de los mayores hacendados de Monterde de Albarracín mantenía un trato cordial con todas las personas fuesen o no tan ricas y creyentes como él. Seguía los ritos de la iglesia como nadie en el pueblo aunque destacaba sobre los demás por seguir al pie de la letra las enseñanzas del evangelio. Fue uno de los mejores amigos con los que contó el difunto mosén Rufino y obtuvo su ayuda en muchas de las empresas en las que se embarcó especialmente en la creación del sindicato cotólico-agrario. Nunca cayó en la beatería tan común en alguno de los feligreses locales más dados a hacer demostraciones de fe que a cumplir con sus deberes sociales por el contrario siguiendo con sus propios criterios religiosos auxiliaba a todos en lo que podía. Así pues cuando algún campesino tenía problemas con los pagos, la cosecha le había sido escasa o había padecido los efectos del mal tiempo era común que solicitara su ayuda. Y él si comprendía que las necesidades eran ciertas y el peticionario hombre de palabra no dudaba en socorrerlo si estaba en su mano. Por todo ello incluso los miembros del sindicato lo tenían en cierta estima y jamás lo incluyeron en sus diatribas contra los terratenientes locales por los abusos cometidos a lo largo de los años.

Esa mañana Nemesio se había levantado temprano como siempre. Después de dar las últimas órdenes de la trilla del día a su mujer e hijos había acudido a casa del tío Celipe con sus herramientas de trabajo, dos corbellas y las zoquetas para protegerse las manos. Fue el último de la cuadrilla de segadores en llegar a la cocina de dicha casa. Una vez allí y después de unos breves saludos esperaron a que bajara el amo para poder desayunar todos juntos. La primera comida en la temporada de la siega era copiosa debido al considerable desgaste de energías que producía dicho trabajo. Por regla general ese almuerzo estaba compuesto de gazpacho con patatas algo de tocino y carne asada. A pesar de que en casa del tío Celipe había criados de continuo y no eventuales como era el caso de dicha partida de jornaleros las comidas que allí se realizaban siempre eran cocinadas por la dueña de la misma con la ayuda de alguna criada. Todo esto era quizás lo que más le llamaba la atención a Nemesio ya que en años anteriores había estado de criado para otro terrateniente del pueblo conocido como el tío Chalecos y éste jamás comió ni bebió junto a sus sirvientes ni su mujer se dignó a prepararles comida alguna. Sin embargo con el tío Celipe todo esto era distinto pues de la misma cazuela y con la misma cantidad era servido como si fuese uno de los tantos trabajadores de su hacienda. Es más nunca le oyó decir alguna palabra altisonante o fuera de lugar hacia ninguno de sus criados reprenderlos si pero con moderación y solo cuando según su criterio era necesario. En épocas de faena con sus jornaleros trabajaba con ellos convivía y con ellos comía hasta en la misma mesa como si fuera uno más de la cuadrilla.

Una vez hubo bajado el amo fue servido el almuerzo en la cocina de su casa y todos los presentes apuraron la comida sin dejar apenas restos. Cuando finalizó el copioso ágape los segadores se marcharon cada uno hacia sus quehaceres en dos grupos. El primero compuesto por cuatro de ellos dirigidos por un jornalero temporal llamado Rafael Pérez acudió a unos campos cercanos al pueblo para culminar la siega comenzada el día anterior. La otra cuadrilla bastante más numerosa se acomodó en un par de carros que los trasladarían a un recóndito paraje donde se iba a efectuar la siega durante los días siguientes. Uno de esos carros estaba conducido por el patrono y un segador contando además con la presencia de dos mujeres la esposa del tío Celipe y una criada que estaban a cargo de la comida y el agua. En la cavidad de dicho carro habían colocado los utensilios de los segadores, los calderos junto a las viandas para la merienda y por último las encañaduras de centeno utilizadas para atar los haces de cereal. El resto de los ocho miembros de la cuadrilla iban en el otro carro mucho más amplio llevados por dos soberbios mulos de enorme alzada. Los segadores eran en su inmensa mayoría vecinos del pueblo solamente había una pareja que había acudido de un municipio del partido de Ademúz situado entre los límites de las provincias de Valencia y Teruel. Valencianos según los caprichos políticos del momento en que se formaron las provincias y geográficamente serranos según la orografía de esta tierra y los criterios personales de sus habitantes. Todos los años en la época de la siega multitud de partidas de segadores procedentes de la comarca de Ademúz eran contratados por los capataces de grandes y medianas haciendas en muchos pueblos de la Comunidad de Albarracín. Era una emigración temporal similar a la que efectuaban los serranos a Andalucía durante el invierno desde muchísimo tiempo atrás.

Una primera mirada a los segadores cuando estaban subidos a los carros daba la impresión que su vestimenta se basaba en un modelo común al verlos tan perfectamente uniformados. Indumentaria que estaba compuesta de abajo a arriba por unos gruesos calcetines de lana los cuales impedían que los broces o rastrojos dañaran sus tobillos mientras que los pies estaban protegidos por unas albarcas de cáñamo. Los pantalones eran amplios de pana y de un color indeterminadamente oscuro. Se sujetaban al cuerpo con varias vueltas de una faja morellana comprada en el pueblo a los carromateros ambulantes que periódicamente transportaban los más variados utensilios desde botijos manchegos hasta cacerolas de cobre andaluzas, tejidos catalanes o fajas y mantas de Morella. Todo lo aparatosamente grueso que se percibía en la mitad inferior de los atuendos de los segadores se transformaba en liviano y frugal en la parte superior. En este sentido destacaba la presencia de una camisa blanca y amplia de manga larga algunas con bastantes descosidos y zurcidos. Además un manguito de tela basta les cubría los antebrazos y servía para limpiar la corbella e impedir al mismo tiempo sufrir rasguños en medio de su trabajo. Las camisas se cubrían en ocasiones mediante un chaleco negro donde solía guardarse en sus pequeños bolsillos la petaca con tabaco picado y alguna que otra cosa. Coronaban las figuras de estos segadores los imprescindibles sombreros de paja con grandes alas que impedían el sofoco del calor durante los asfixiantes días del verano.

Los carros habían iniciado ya la marcha y estaban a punto de salir del pueblo cuando Nemesio vio bajar por el camino de la Fuente a su mujer y a sus hijos los cuales se dirigían a la era para iniciar el trabajo del día. Al ver a su padre los muchichos echaron a correr hacia el carro gritándole y alzando los brazos. Nemesio no pudo reprimir una amplia sonrisa al verlos y tras levantar la mano saludándolos se despidió de ellos hasta la noche. Cuando los zagales iniciaron el camino de retorno con su madre las últimas casas del pueblo habían quedado atrás en la vista de los segadores comenzando el camino las primeras revueltas por el estrecho Barranco de la Hoz. Entonces Nemesio que aún mantenía dibujada una sonrisa en sus labios por el recuerdo de su prole pensó en qué diferente era la infancia de ellos respecto a la que él había tenido. No pudo evitar los viejos y amargos recuerdos de su infancia algo que por más que había querido olvidar el paso de los años no había podido borrar de su memoria.

Nemesio era el menor de cinco hermanos y su nacimiento le había marcado una infancia difícil de la cual apenas hablaba con nadie y procuraba olvidar. Su madre murió a las pocas horas de traerlo a este mundo y una sensación de culpabilidad le acompañó durante toda su vida aumentada por la relación que siempre mantuvo con su padre. De niño no podía comprender nada pero cuando comenzó a tener uso de razón supo que las continuas palizas y malos modos realizados por su progenitor obedecían a algo más que la rectitud y la educación que supuestamente eran el objetivo. Estas actitudes estaban por otra parte muy en boga en la educación de los hijos en estas tierras durante esta época pero no con los excesos que sufrió Nemesio.

Cuando era reprendido siempre salían en su defensa sus hermanos y sobre todo su hermana mayor que le quiso más que a un hermano como si fuese un hijo suyo. En los últimos años de su vida el padre de Nemesio comprendió lo erróneo de su comportamiento y aunque cesaron las broncas mantuvo intacta la indiferencia más absoluta hacia el benjamín de la familia. Al final de sus días cuando se encontraba postrado en su lecho de muerte accedió al consejo de sus hijos y habló a solas con Nemesio pidiéndole perdón por el trato que le había dado a lo largo de su existencia. Dos horas estuvieron juntos hablando y reconociéndose mutuamente a sabiendas que era imposible recuperar ya el tiempo perdido. En el entierro de su padre Nemesio aparecía como el hijo más afligido lo cual era cierto pues era el que más perdía de todos. Dejaba atrás a su progenitor y al mismo tiempo al padre que reencontró cuando la situación ya no tenía remedio. Mientras lo enterraban, Nemesio no dejaba de repetirse que él nunca tuvo la culpa de lo ocurrido. No la tuvo por ser engendrado ni tampoco porque su madre fuese una mujer mayor de casi cincuenta años. Ni tan siquiera porque en el día previsto para el parto la mujer comenzara a sentirse indispuesta. Además la comadrona de los pobres del pueblo se había ausentado por lo que su familia tuvo que llamar como último recurso a una vecina. La experiencia de esta señora se limitaba a haber ayudado en algunos nacimientos pero sobre todo en la asistencia a las ovejas con mal parto ya que su marido era pastor. Tampoco tenía la culpa de haberse movido dentro de su madre cuando ésta en un descuido de todos y presa de sus delirios se cayó de la cama. Ni tan siquiera cuando la vecina decidió que ante la mala postura del feto no tenía más remedio que introducir la mano dentro del útero de la parturienta para intentar darle la vuelta. Todo ello para que pudiera nacer sin complicaciones al ser este el método utilizado por los ganaderos para hacer parir a las ovejas que tenían dificultades. Por supuesto nada tenía que culparse si por todo ello la matriz de su madre quedara fuera cuando él fue extraído literalmente. Ni que al día siguiente con unas altísimas fiebres muriese la infeliz mujer en medio del desconsuelo generalizado de su familia.

A marchas forzadas tuvieron que buscar a una matrona que pudiese darle pecho. Oyeron hablar que había una en Albarracín la cual había perdido a su hijo recién nacido y lo llevaron allí. Apalabraron la crianza y convivió Nemesio con esa familia a la que siempre consideró como si fuese suya durante cuatro años cumplidos los cuales sus hermanos lo devolvieron de nuevo a su hogar de Monterde. Su vida fue a partir de entonces una lucha constante para hacerse un hueco en aquella su casa. Como su familia no pasaba por excesivas necesidades permitieron que el zagal acudiese a la escuela del pueblo siendo el segundo de sus cinco hermanos que aprendió a leer y a escribir. Vivaracho y locuaz en la escuela según sus maestros alternaba momentos de euforia con otros donde se encontraba profundamente deprimido. En esos aciagos días tenía la sensación de que el mundo se le iba a caer encima de un momento a otro sobre todo cuando estaba en su casa o ayudaba a su padre en las labores del campo. La causa real de todo ello siempre fue la misma: las relaciones con su progenitor. Realmente nunca existió comunicación alguna entre ellos. Lo mejor que podía esperar Nemesio era que su padre lo ignorara que pasara de él. Lo peor los malos modos con que lo trataba tanto en las ocasiones en que estaba ebrio las cuales fueron muy numerosas sobre todo cuando era niño como en su más serena sobriedad es decir siempre. El nexo de unión que tuvo Nemesio con el mundo que lo rodeaba estaba relacionado a través de sus hermanos bastante más mayores que él. Estos lo criaron como si de un juguete se tratara más aún como si fuese una mascota humana permitiéndole explayarse en todo lo que con su padre le era negado. Pero sobre todo su hermana mayor que se quedó soltera y siguió viviendo en la casa paterna, en realidad fue como su segunda madre. Conforme pasaban los años y la autoridad del anciano viudo perdía enteros los hermanos de Nemesio se atrevían a reprender a su progenitor en cuanto tenían conocimiento de alguna de aquellas broncas sin sentido.

Todavía seguía inmerso en sus recuerdos cuando un bache en el camino sobre el que golpeó con furia la rueda del carro y su consiguiente sobresalto lo trajo de nuevo a la realidad. No se había dado cuenta pero ya llevaba medio camino andado. Vio las labores en los campos de cereal muy adelantadas y saludaron a un grupo de segadores que se disponían a iniciar la faena en un amplio piazo situado al borde de la senda por donde transitaban. Después de despedirse de aquellos vecinos Nemesio pensó que sería mejor integrarse en la conversación que llevaban sus compañeros de fatigas antes que seguir con los viejos recuerdos que decididamente no conducían a nada.

Casi había pasado una hora desde que salieron del pueblo cuando tras atravesar una escarpada barrancada se abría un pequeño vallejo y divisaron por fin las tierras del tío Celipe. Una vez llegaron a su destino bajaron del carro siguiendo con los comentarios que habían iniciado los segadores a la salida del pueblo los cuales no eran otros que el momento político tan sumamente delicado que se vivía en el país desde el triunfo del Frente Popular en las pasadas elecciones. El grupo de segadores no era ni mucho menos uniforme y al escucharlos se notaba que existían diferencias de criterios políticos. Más acentuada en alguno de ellos como en los del grupo de Ademúz pero eso sí sin llegar a la crispación malos modos e insultos como había observado Nemesio en algunas conversaciones entre la gente de su propio pueblo. Y no digamos respecto a los luctuosos sucesos ocurridos en el sindicato local meses atrás del que todavía se desconocían los culpables. Él se consideraba una persona imparcial su única política era el trabajo repetía sin cesar a quien quería oírle de lo demás ni entendía ni quería entender concluía siempre de la misma manera cuando alguien le solicitaba su opinión al respecto. Seguían las enrevesadas conversaciones mientras ayudaban a descargar a las mujeres todos los bártulos situándolos bajo una frondosa sabina y tapando la comida con una de las mantas. Entonces el tío Celipe se dirigió a los segadores indicándoles el recorrido que tenían que llevar a cabo. Éstos se colocaron las zoquetas bien sujetas con una cinta en una mano, recogieron sus corbellas con la otra e iniciaron a continuación la siega.

Los ocho segadores llevaban el tajo según mandan los cánones sin altibajos ni cortes de sierra, al unísono. Detrás de ellos iban recogiendo las gavillas las dos mujeres juntando varias de ellas hasta formar una del grosor que el tío Celipe había indicado como perfecto para la cebada. Mientras tanto él se había trasladado hasta una balsa cercana que disponía en sus aledaños de un pozo con agua potable. Llevaba sobre sus hombros un haz de encañadura de centeno para remojarlo dejándolo durante algunos minutos inmerso en el agua y sujeto con unas losas de piedra para impedir que la paja subiera a la superficie. Una vez humedecido convenientemente dicho haz lo extraía del agua y lo golpeaba repetidamente sobre piedras de gran tamaño a fin de que las cañas pudieran moldearse fácilmente sin llegar a romperse. Luego lo transportaba de nuevo al campo recién segado y entonces extraía varios vencejos de la encañadura extendiéndolos por el suelo. Encima de dichos vencejos se colocaba el haz de cebada y con aquellos se ataban girándolos con una especie de nudo para acabar tensándolo mediante una vuelta con el garrote que era una madera con forma de óvalo muy similar al mango de un gayato de ahí su nombre. El sofocante calor del estío hacía que de vez en cuando algún segador pidiera agua. Entonces la criada del tío Celipe hacía las veces de aguadora y le aproximaba el botijo aunque normalmente se agregaban el resto de los compañeros al sentir el líquido elemento tan sumamente cercano y no poder resistirse a semejante tentación.

Ya era casi la media mañana cuando las dos mujeres dejaron momentáneamente su trabajo en el campo y se dedicaron a preparar la comida. En este preciso instante se acercó una persona a lomos de una mula. Se trataba del hijo pequeño del tío Celipe personaje que a sus escasos veinticinco años tenía más enemigos en el pueblo que su propio padre había tenido a lo largo de toda su vida y eso que contaba con sesenta y cuatro. Apenas llegó al campo se apeó del animal y acercándose al ramaje de un árbol ató las riendas. Luego fue hacia el botijo bebiendo con ansia hasta apurar el agua del mismo. Se quitó con el antebrazo las gotas que le habían caído por la cara y preguntó por su padre a la criada que estaba amontonando leña en un pedregal próximo. La mujer una joven de veintitantos años de aspecto lozano más bien macizo y según el argot serrano con las carnes bien prietas lo miró de reojo con odio mal disimulado. A esta mirada respondió el benjamín del tío Celipe con una mirada sarcástica que finalizó con una mueca tortuosamente lasciva sabedor de su ascendencia sobre la muchacha. Ésta después de un breve titubeo y mientras bajaba la mirada al suelo enrojeciendo de vergüenza le indicó que estaba en el pozo humedeciendo los haces de encañadura. Serafín que así se llamaba el señorito se encaminó raudo hacia donde estaba su padre. Una vez allí lo saludó al tiempo que se recostaba sobre el tronco de una carrasca próxima. Con remarcada parsimonia se quitó el sombrero y mientras se secaba el sudor de la frente le preguntó sin más preámbulo.

¿Qué tal va la faena?

Bien –respondió su padre sabedor de antemano que no era a eso precisamente a lo que venía su hijo –¿Qué te trae por aquí? –preguntó a su vez el tío Celipe con un tono de voz algo secante y sin alzar la vista.

He venido a saludarte –dijo Serafín. –Me voy a Cella a ver los precios de la cebada y como sabía que estabas por aquí me decidí a pasar. Además –titubeó- a que reconsideres tu postura sobre la máquina. En Cella puedo pedir precio y…

¡Loco estaría si hiciera lo que tú dices! –Cortó la conversación su padre de forma tajante. Y mientras hablaba seguía trabajando golpeando con fuerza la encañadura mojada sobre una gran losa de piedra caliza hasta que verificó la elasticidad de las cañas de centeno. -Tú te crees que todos los problemas del mundo se resuelven de la misma manera, gastando los dineros ¡Pues te equivocas! –respondió esto último cuando paraba por un breve instante y miraba fijamente a los ojos de su hijo. Luego se produjo un breve silencio en el cual dio la sensación de que ambos reordenaban sus ideas para afrontarlas mejor a la discusión que se presentía. El tío Celipe reinició su trabajo tirando la encañadura al suelo y extrayendo un arrugado pañuelo escondido entre las vueltas de su faja comenzó a secarse el sudor de su cara. A continuación se quitó el sombrero de paja para facilitar la ventilación de su cabeza doblemente acalorada, por una parte debido al abochornante calor y por otra a causa de las maquinaciones de su hijo.

Cuando yo me muera las tierras serán para ti y tus hermanas entonces harás lo que te venga en gana pero mientras tanto ni lo sueñes que no pienso comprar la máquina esa del demonio –expuso con un tono todavía crispado.

Pero qué máquina del demonio ni qué narices –le increpó Serafín- solamente se trata de una engavilladora y ya hay muchas por la sierra. Es el progreso padre. Tú te estás quedando anticuado.

Decía esto y las manos y el semblante del joven denotaban un creciente nerviosismo. Se puso en cuclillas y arrancó de un manotazo lleno de rabia un matojo de espliego. Escogió la punta más fina y limpiándola a contrapelo se la incrustó entre los dientes mientras escuchaba comentar a su padre una historia que de tan repetida la aborrecía profundamente.

Mira hijo seré anticuado seguramente –se defendió el tío Celipe algo más calmado. Luego se volvió a colocar el sombrero guardándose el pañuelo entre las vueltas de su faja y acercándose como si tal cosa a recoger otro haz de encañadura continuó con su conocida retahíla –Pero en mi casa trabajan desde que tengo uso de razón muchos jornaleros durante el verano. Mi padre lo hizo así y también mi abuelo y por supuesto lo hago yo. Y como te he comentado en otras ocasiones continuaré igual mientras viva. Si compro esa máquina que tú dices no tendré personas a mí alrededor sólo hierros y el diablo mismo llevándola. Así es que te ruego que no insistas más soy ya viejo y no tardaré mucho tiempo en irme al otro mundo. Luego como te he dicho podréis hacer de mi hacienda lo que os venga en gana –sentenció definitivamente. Y mientras hablaba seguía trajinando llevando otro haz de encañadura a la charca para ponerlo a remojar.

Ante la persistente tozudez del tío Celipe estaba claro que no había nada que hacer. Así es que Serafín pensó que era mejor despedirse de su padre no fuese que aún le mandase algún encargo lo cual sería seguramente mucho peor. Dio media vuelta y con un mohín de niño malcriado se fue por donde había venido pensando que ya tendría tiempo de realizar sus proyectos más adelante.

Pero que tozudo es –pensaba- si ahora ha contratado doce segadores con uno solo llevando la máquina tendría bastante y se ahorraría todas las pesetas que le cuestan esos piojosos. En fin ya llegará mi hora algún día.

Pasó de nuevo cerca de la criada y la obsequió con una torva mirada. Los ojos de los dos jóvenes quedaron entrelazados por unos instantes tras los cuales la criada apartó la vista acongojada sonrojándose profundamente por segunda vez en ese día. Al mismo tiempo era reprendida por la mujer del tío Celipe.

¡Que se te quema la comida! -le dijo gritando.

Al oír a su madre Serafín se echó a reír rompiendo con un rictus medio histérico la crispación que le había producido las continuas negativas de su padre.

Pero que torpe es esta jodida –masculló a media voz.

Luego tiró al suelo la ramita de espliego que llevaba entre los dientes y riéndose se alejó tras recoger las riendas de la mula. Su madre le vio partir y mirándolo con cierta intensidad no pudo evitar un gesto de preocupación ante lo que venía sucediendo en los últimos años entre su hijo y todas las jóvenes criadas que se sucedían en su casa.

Esta juventud lo está perdiendo todo –pensó- ya no hay dignidad ni vergüenza. Este hijo mío es imposible no puedo con él. Dios mío ¿Adonde iremos a parar? –Concluyó preocupada.

Aproximadamente serían las dos del mediodía cuando ya estaba lista la comida un gran perol de rancho serrano compuesto fundamentalmente por patatas, carne y verduras. Los segadores pararon el tajo y después de amontonar las corbellas y las zoquetas en un lugar bien visible procedieron a refrescarse con el agua del pozo situado en el humedal. Ésta era extraída gracias a un viejo balde que sujeto a una cuerda milagrosamente intacta introducían una y otra vez en el fondo de la alberca para sacar un agua fresca que dadas las circunstancias sabía a gloria. La criada había extendido una manta entre las frondosas sombras que proporcionaban dos altas y soberbias sabinas que situadas en zona de umbría disponían de un verdín aceptable para ser utilizado como asiento. Encima de dicha manta estaban colocados todos los cubiertos, las vajillas y hasta las ensaladas. Y a su alrededor se sentaron los segadores después del reconfortante baño al que se habían sometido. No obstante la ayuda refrescante del agua lo cierto es que los picores causados por la sequedad o la paja se hacía de notar continuamente entre los sufridos jornaleros. Y así resultaba frecuente verlos rascarse con una fricción tan desmesurada que llegaban a dejarse la impronta de la uñas sobre la piel y había ocasiones en que incluso llegaban a sangrar.

Una vez hubo finalizado la merienda cada uno de aquellos esforzados trabajadores buscó el mejor sitio donde la sombra y la ausencia de los molestos tábanos permitiera entregarse a los brazos de Morfeo en una corta pero al mismo tiempo reconfortante siesta. Sin embargo no todos los hombres pensaban de la misma manera. Los jornaleros de Ademúz junto a dos segadores del pueblo parecían más interesados en continuar la conversación que habían mantenido durante el viaje. Por su parte Nemesio no es que estuviera muy interesado en el tema –ya conocemos sus pensamientos- pero estaba digamos que algo molesto e intranquilo pues nunca le había gustado que se cociese algo a sus espaldas sin que él tuviera la menor idea. Por todo ello cuando vio que sus cuatro compañeros se iban ladera arriba buscando una buena sombra no lo pensó dos veces y llamándolos a gritos les conminó a que lo esperaran.

Como buenos conocedores del término municipal y de la estación del año en que se encontraban los segadores no cejaron de buscar el terreno apropiado donde poder continuar con sus disertaciones. Por fin tras alguna que otra vuelta, descubrieron a media ladera la magnífica sombra que proporcionaban tres carrascas algo separadas. Se sentaron entre ellas e iniciaron con cierta urgencia la conversación pues el tiempo apremiaba y a no tardar tendrían que volver al tajo. Inició el coloquio uno de los de Ademúz el cual con cierta preocupación les comunicó sus temores sobre el momento político que se vivía en el país.

Tengo la impresión que algo gordo va a pasar –dijo. En mi pueblo los señoritos del sindicato católico llevan unas semanas que no hacen más que reunirse casi a escondidas en casa del alcalde, Dan la impresión de que tienen algún secreto importante y no quieren que nadie se entere.

Hombre eso es imaginación tuya. Sólo porque los ricos se reúnan para sus cosas no significa nada –respondió Nemesio.

Mira –dijo José uno de los segadores del pueblo- Monterde es una localidad tan pequeña que en realidad todo acaba sabiéndose y te aseguro que sucede lo mismo que en tu pueblo. Aquí tenemos un sindicato socialista y en el mismo local de la agrupación nos juntamos muchos republicanos y la gran mayoría somos de Izquierda Republicana. Nosotros nos venimos reuniendo todas las semanas y hablamos de las cosas que pasan en el país. Si te digo la verdad tengo tus mismos temores. Estoy convencido que ni se van a quedar quietos los militares ni los caciques de estos pueblos.

-¿Por qué crees tú eso? –Preguntó Nemesio.

Es muy sencillo al menos por lo que respecta a los caciques –respondió José –Mira tú sabes que por lo que se refiere a la sierra cada vez somos más los que estamos afiliados al Sindicato de Trabajadores de la Tierra. Además los partidos republicanos contra todo lo que pretendían las derechas se han mantenido firmes a lo largo de los últimos años. Es una labor de tiempo pero estoy convencido que al final seremos muchos los que estemos en la misma parte.

Y eso ¿qué demontres tiene que ver en todo lo que estamos hablando? –Insistió Nemesio.

Pues fíjate lo es todo –dijo seguro de sí mismo José –Tú te crees que estos caciques y no me estoy refiriendo al tío Celipe sino a Serafín, los Señoritos o también al tío Chalecos que tan bien tú conoces se van a quedar quietos mientras nosotros vamos avanzando y somos como una chinita clavada en sus zapatos. Pues seguro que no –respiró hondamente José. –Y no quiero hablar de los sucesos del sindicato pues aunque todos intuimos los culpables no tenemos pruebas para demostrarlo. Sabes, aunque seamos pocos por ahora les estamos haciendo la vida imposible. Como tú bien conoces la familia del tío Chalecos se quedó con los Cinco Prados mediante trapicheos por eso desde el ayuntamiento, el sindicato y el local republicano les estamos haciendo la vida imposible. El alcalde los cita continuamente o si no están las misivas o las cartas anónimas. Fíjate el miedo que están teniendo que por una carta hicieron venir a la Guardia Civil de Albarracín para que descubrieran quien había escrito el anónimo. Son ejemplos que te dicen que los caciques ya no están tan tranquilos como antes. Sobre todo desde que al tío Chalecos lo sacaron de la alcaldía. Eso el no tener el control del ayuntamiento les ha hecho mucho daño.

De acuerdo con todo ello pero la benemérita ¿Qué pinta en todo esto? –volvió a preguntar Nemesio ya algo interesado sobre el tema a pesar de sus reticencias.

Muy sencillo –entró en la conversación su otro paisano Miguel –Unos y otros forman parte de la misma calaña. O es que ya no te acuerdas de a favor de quien han estado siempre que han venido al pueblo. Tú estabas en Monterde cuando lo del anónimo ¿verdad? También sabrás cómo resolvieron los sucesos del sindicato hace unos meses. Y supongo que estarás al tanto cuando en el año treinta y dos un grupo de jornaleros ocupó la finca de la Jara ¿no? Pues si la memoria no te falla te acordarás de todos los desmanes que cometieron y a quiénes favorecían.

Pero Manuel ¡tenían que imponer el orden! –trató de defender Nemesio sus argumentos.

-¿A hostias? -Respondió preguntando a la vez con bastante brusquedad Miguel.

Estamos teniendo hasta ahora una conversación civilizada, no te alteres Miguel –le increpó José ante su hosca respuesta.

Perdonad pero es que la actitud de Nemesio a veces me pone enfermo –se defendió Miguel –Siempre te hemos oído decir que eres apolítico. Además te precias de no haber votado nunca. Entonces ¿qué demonios haces en una charla como ésta?

Ciertamente tienes mucha razón –le dijo Nemesio con una voz suave y pausada que hizo bajar el tono de la conversación –La verdad es que siempre he estado perdido en todo esto de la política. Reflexionó un instante y continuó. -Mi padre como todos sabéis fue uno de los mandamases cuando se hizo el sindicato católico en el pueblo. A veces venían a nuestra casa el cura y aquellos señoritos tan trajeados de Teruel ¿os acordáis? Yo les oía y la verdad es que nunca les entendí gran cosa. Además estando mí padre por el medio siempre que yo podía me escabullía. El siempre hizo lo posible para que yo nunca me integrara entre sus amistades fue como si se juntara el hambre con las ganas de comer –dijo sonriendo- él no quería que yo fuese y yo no quería ir. Luego cuando lo de Primo de Rivera ya me diréis todos los amigos de la política que tenía mi padre se hicieron de la Unión Patriótica esa. ¿Qué queríais que pensara yo cuando vino la República? pues que todos eran los mismos perros pero con distintos collares –respondió a su propia pregunta.

¿Y crees realmente que todo es así? –Intervino nuevamente José.

Te soy sincero cuando te digo que no los sé. Lo que si veo es que ahora por lo menos puede la gente decir lo que piensa. Pero también te insisto que hay partidos políticos que conozco a sus jefes en la sierra y éstos eran amigos de mi padre de cuando el sindicato católico. Por eso estoy hecho un lío. También me he dado cuenta que en este año cada vez van peor las cosas y no lo digo por vosotros que aunque sé que sois de izquierdas os tengo como amigos. Es que hay cosas que no entiendo como eso de quemar iglesias o de ocupar fincas que tienen dueño no como los Cinco Prados que eran del pueblo sino las particulares. Tampoco entiendo porqué el sindicato al que decís pertenecer pueda obligar a las personas a afiliarse para que les puedan dar trabajo en las obras que hace el ayuntamiento. No penséis que me meto con vosotros es que aunque os aprecio a veces la verdad no os entiendo.

Se produjo un breve silencio tras el cual José le dijo.

Mira Nemesio si no tienes nada contra nosotros ya es algo. Ojala Rafael Pérez hubiera estado con nuestra cuadrilla él sí que podría explicarte algunas cuestiones que conoce mejor que nadie en el pueblo. Aunque pensándolo mejor cuando acabe el verano vente con los del sindicato a Teruel a alguna de las conferencias que se dan allí porque lo que te hace falta según creo yo es que dejes de una vez por todas tu apoliticismo y apuestes por algo. En nuestro país ocurren muchas cosas pero ni Miguel ni yo tenemos capacidad para hacértelas ver con claridad y aunque Rafael te las pueda contar siempre es mejor que quien hable esté realmente versado en estos temas. Si tú realmente quieres saber lo que ocurre en la sierra y lo que pretendemos vente con nosotros un día que ya te presentaremos a unos amigos que se expresan mejor y saben mucho más que todos nosotros.

En esos momentos oyeron unos ruidos y giraron la cabeza para ver de quien se trataba. Era el tío Celipe el cual después de aproximarse a ellos se puso en cuclillas y les preguntó que tal les iba.

Nada aquí estamos de conversación –comentó uno de los de Ademúz. -A veces hace más una buena plática que un mal sueño.

Bien –respondió el tío Celipeos fumáis un pitillo y cuando lo acabéis bajar a ver si  terminamos de segar el piazo antes de que se haga de noche. Hasta luego –dijo despidiéndose.

Apenas inició la bajada el dueño de las tierras los segadores viendo como se perdía tras los matorrales próximos continuaron la conversación esta vez cambiando radicalmente de tema.

Si todos los terratenientes fueran como él otro gallo nos cantaría –señaló José mientras miraba por donde había desaparecido el tío Celipe.

Tienes razón –dijo Nemesio. Yo estuve trabajando para el tío Chalecos durante dos años y os aseguro que son como el cielo y la tierra. Por verle pegar se lo he visto hacer hasta con su mujer y no digamos con los criados. Bueno que os voy a contar que vosotros no sepáis.

-Ya que lo dices yo sí tengo una curiosidad que me gustaría preguntarte –aprovechó José la oportunidad que le brindaba Nemesio- ¿Por qué no vas a trabajar con el tío Chalecos como fuiste hace años?

Porque como os he dicho es un mal hombre –sentenció Nemesio con el gesto y la voz grave. Me empecé a disgustar con él cuando vi que empezaba a maltratar continuamente a los criados y que llevaba por la calle de la amargura a los que él sabía que eran de izquierda solo por el hecho de serlo. Además acabó tirándolos a la calle a partir de lo del anónimo. Luego vino lo de la huelga de las esbrinadoras de azafrán. Después de prometerles que les pagaría cuatro reales por día les dijo cuando fueron a cobrar que solo les daría dos. Éstas hicieron una huelga y por amor propio muchas no fueron a cobrar por no ser lo acordado. Yo me enfadé mucho ya que una de ellas era mi suegra y la mujer estaba amargada porque la habían engañado. Ahora lo más fuerte es que en los dos años que estuve con él segando siempre traía una pequeña cuadrilla de segadores de fuera a los cuales luego supimos que les daba dinero aparte para que fuesen más deprisa obligándonos así todos a ir a su ritmo pero cobrando menos dinero. Mira José lo peor de todo en este mundo es que te engañen y el tío Chalecos ni cuando miente dice la verdad –sentenció Nemesio muy dado a los refranes populares- y creo además que cada vez se le parece más el Serafín. Lo siento por su padre que es una buena persona pero creo que el día que falte el tío Celipe habrá que ir con tiento.

Yo sí que os diría algo más –intervino Miguel. Tengo la impresión que llevan algo a medias Serafín y el tío Chalecos de lo contrario sabiendo que el tío Celipe y él no se tratan ¿porqué en los últimos meses hace tantas visitas a su casa cuando cree que nadie lo ve?

Es verdad yo también he oído algo de eso –dijo Nemesio.

Será con toda seguridad el asunto ese de la máquina engavilladora que están como locos por comprar –habló susurrando José como queriendo que nadie más que los que estaban allí presentes escuchara sus comentarios a pesar de encontrarse en medio del campo. -Aunque a veces pienso que se trata de las faldas –continuó- que lo trastornan y como la hija del tío Chalecos está perdida por sus huesos pues miel sobre hojuelas. Lo cierto es que una vez me dijo mi hermano que vio salir de allí a un armero que conoce de Teruel ¡Igual es que se han comprado escopetas para cazar tábanos! –Sentenció José riéndose de su propia broma.

Acabaron los cigarrillos e iniciaron la bajada hasta el campo. Pasaron primeramente por el pozo y después de refrescarse se fueron hacia donde habían depositado las zoquetas y las corbellas e iniciaron a continuación la siega. Con una cierta parsimonia en un principio aunque después de cortadas las primeras gavillas el ritmo de la siega fue aumentando poco a poco conforme trabajaban hasta llegar a ser idéntico al de la mañana como si fuesen una máquina perfectamente engranada.

¿Para qué demonios necesitarán los hombres máquinas de hierro para segar cuando nosotros lo hacemos igual o mejor que todas ellas? –Pensó seguramente y sentenció al mismo tiempo algún segador mientras trabajaba. El que vayan más deprisa no quieren decir que lo hagan mejor y si se rompen ¿qué? Seguían intentando justificar sus pensamientos. Ya casi había acabado la tarde cuando finalizaron la tarea de esa jornada, amontonaron todos los haces de cebada en varios grupos a lo largo del piazo descansando a continuación rendidos y sudorosos después de un día de ardua faena. A continuación se subieron a los carros e iniciaron el viaje de vuelta al pueblo.

El trayecto resultaba pesado y ya no tenían tantas ganas de realizar comentarios algunos segadores estaban sentados otros iban de pie pero todos parecían ensimismados como si estuvieran rumiando los comentarios realizados después de la comida. Cuando estaban finalizando de atravesar las sinuosas revueltas del Barranco de la Hoz distinguieron una persona en los aledaños de la cueva del Gato. Los segadores se preguntaron quien podría ser y Miguel el más resuelto de todos y que además poseía una vista de águila no dudó ni por un instante que se trataba del señor secretario del ayuntamiento. En efecto era don Ramón Sánchez que como casi todos los fines de semana desde un tiempo atrás tenía la costumbre de subir a las montañas próximas al pueblo ayudándose de un garrote pues una impertinente gota y sus dolidas articulaciones le solían gastar alguna que otra mala pasada. El paso de los años no había sido bondadoso con él y a pesar de ser un soltero por convicción su vida se había acabado descarriando de forma casi abrupta. Siempre le habían gustado las mujeres aunque nunca se casó por la traición de su primer y único amor. Últimamente la pasión le había cegado y había llegado a perder la razón por causa de las jovencitas. Por eso durante los últimos meses el sexagenario secretario huía del bullicio local para aislarse por completo de la gente y de su insana deleitación por las adolescentes. Esta deriva en su vida sexual le llevaba de cabeza nada que ver con sus actitudes libertinas de años atrás cuando mantenía los costosos favores de una barragana en la capital turolense. Hasta que ésta cansada y lastrada por los efectos de su oficio de meretriz decidió trasladarse a la capital del Túria aprovechando las ganancias obtenidas a lo largo de su vida. Quizás por ese nuevo revés o también porque en el fondo siempre había sido así lo cierto es que se acabó convirtiendo en un viejo verde que se pasaba por el forro de la entrepierna la decencia en materia de sexo. Sin embargo todavía mantenía una cierta lucidez que le hacía entender que no tardaría en tener problemas en la localidad. Cada vez se encontraba más solo sobre todo después de la última discusión mantenida con su íntimo e inseparable amigo el maestro del pueblo y por ello había encontrado consuelo en otras de sus aficiones como era la poesía. Así pues últimamente era frecuente verlo trajinar muchos fines de semana por las montañas que rodeaban Monterde de Albarracín ante el asombro de sus paisanos que no acertaban a entender el porqué de su extraña actitud. Y el señor secretario a pesar de los comentarios chismosos de sus paisanos seguía impertérrito por el monte con la única compañía de un lápiz y unas cuartillas para emborronarlas con la poesía que tanta pasión le despertaba. Mientras tanto abajo en el camino los segadores seguían su marcha cansina hacia el pueblo y don Ramón Sánchez no dejaba pasar el momento para dar rienda suelta a sus pretendidas dotes de poeta viendo la inmejorable estampa que ofrecían.

Tonos violetas en el cielo suplantan poco a poco el azul claro del mismo conforme anochece. Largas y aplanadas nubes aparecen en el horizonte por poniente ayudando a oscurecer paulatinamente al soleado día, el cual con rapidez se despide. Cuando los últimos rayos de luz inician su repliegue tras la paulatina victoria de las sombras y van perdiéndose entre la brumosa lejanía de la montaña de la Nevera entran los segadores en el pueblo sudorosos cansinos dejando atrás en su camino las tortuosas revueltas del barranco de la Hoz. Entran penosa y silenciosamente como la agonía del mismo día en el preciso instante en que la luz del sol definitivamente se extingue.

Tonos violetas en el cielo suplantaban poco a poco el azul claro del mismo conforme anochecía. Largas y aplanadas nubes aparecían en el horizonte por poniente ayudando a oscurecer paulatinamente al soleado día, el cual con rapidez se despedía. Cuando los últimos rayos de luz iniciaban su repliegue tras la paulatina victoria de las sombras e iban perdiéndose entre la brumosa lejanía de la montaña de la Nevera entraban los segadores en el pueblo sudorosos cansinos dejando atrás en su camino las tortuosas revueltas del barranco de la Hoz. Entraban penosa y silenciosamente como la agonía del mismo día en el preciso instante en que la luz del sol definitivamente se extinguía. 

Mientras tanto los segadores totalmente ajenos a la belleza de las palabras escritas y los disolutos pensamientos del señor secretario don Ramón Sánchez se asomaban a los umbrales del pueblo. Apenas habían traspasado las primeras casas cuando advirtieron una gran algarabía de personas en la plaza. Algunas de ellas aparecían excitadas casi exultantes de puro júbilo. Otras en cambio denotaban tristeza y preocupación en sus bronceados rostros. La gente entraba y salía de la plaza y se oían gritos continuamente. Al fondo de la misma junto a un pequeño puente situado para vadear sin problemas un minúsculo riachuelo había un corrillo de personas rodeando a dos hombres que estaban gritando en algo que parecía un mitin.

Ha llegado nuestra hora por fin –decían- ahora se van a enterar de quienes somos. De una vez por todas vamos a limpiar España de sinvergüenzas y de la escoria socialista.

Seguían los gritos más o menos ininteligibles debido a la parcial lejanía de los mismos. Asimismo en la otra parte del río se veía un grupo de personas a las afueras del local del sindicato y la agrupación republicana. Entonces cuando el primer estupor de los segadores dio paso a la incertidumbre por lo que estaba ocurriendo advirtiendo que se trataba de algo grave decidieron bajar del carro y se dirigieron hacia el pequeño puente que era por momentos el corrillo más concurrido de la plaza. Advirtieron la presencia en el mismo de Serafín, José María Cavero y del tío Chalecos vociferando extrañas consignas. El tío Celipe, Miguel, José, Nemesio y toda la cuadrilla de segadores se miraron en silencio. Era un silencio ensordecedor de puro griterío pero ninguno de ellos se atrevía a preguntar nada quizás porque intuían la respuesta. Por fin se decidió Miguel y a un vecino suyo que andaba a paso ligero por donde ellos estaban lo sujetó por el brazo mientras le preguntaba qué era lo que ocurría.

¿Es que no lo sabes? –Respondió con asombro su vecino. –Los militares de África se han levantado contra la República. Dijo esto y salió corriendo de allí como si temiera alguna cosa o quisiera recuperar el tiempo perdido por tan escueta respuesta.

Dios pero qué locura es ésta –se preguntó en voz alta Nemesio.

¡Será la guerra! –Sentenció Miguel –acuérdate de lo que te digo, la guerra –insistió nuevamente alzando la voz.

En ese preciso instante Serafín girando la cabeza se dio cuenta de la presencia de los jornaleros y mirando fijamente al grupo se dirigió a ellos gritando a ellos muy excitado.

Os habéis enterado. Por fin ha llegado nuestra hora ya podéis iros preparando toda vuestra cuadrilla de comunistas y ateos. Vamos a dejar España más limpia que una patena. Quiso seguir con su tono amenazante pero descubrió que al final de todos ellos estaba su padre por lo que dio media vuelta y se fue al lado del tío Chalecos el cual parecía llevar la voz cantante en aquel vociferante grupo de personas.

Entonces el tío Celipe con gesto preocupado y algo desconcertado por la sucesión de los acontecimientos preguntó a sus jornaleros sobre el día que estaban.

A dieciocho de julio –respondieron al unísono Miguel y Nemesio.

Pues mucho me temo que de este día nos vamos a acordar durante toda la vida –dijo con voz temblorosa el tío Celipe.

No sea agorero hombre –se defendió José. –Hemos pasado por momentos peores acuérdese de lo de Sanjurjo. Ese intento de José de quitar hierro quedó en saco roto. Ninguno de los presentes dijo nada al respecto y siguieron mirando fijamente inmóviles al grupo de personas reunidas en ese extremo de la plaza absortos entre el continuo griterío del que parecían estar ausentes.

No sé por qué pero creo que esta vez va en serio –sentenció definitivamente el tío Celipe.

Entonces los segadores dieron media vuelta. Cabizbajos y sin decir palabra se marcharon hacia sus respectivas casas. Lo hicieron a desgana con la pesadumbre y el dolor del que ha sido derrotado en la más feroz de las batallas sin haber intervenido en ella. Solamente Miguel ofrecía un semblante diferente conforme se alejaba raudo hacia su casa sin tan siquiera despedirse de sus compañeros. A la mañana siguiente no iría a segar –pensaba- haría una reunión con los compañeros del partido y juntos decidirían lo que hacer.

O mejor aún la haré esta misma noche –sentenció tras una nueva reflexión.

Ciertamente tenía mucha razón el tío Celipe pues ese dieciocho de julio iba a dar mucho que hablar. Fue el final de una época. Y también el comienzo de otra aunque para ello tuviese que haber de por medio una larga desgarradora y cruel guerra civil. Aunque decididamente… esa es otra historia.

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